11 jul. 2007

Fui invencible (o crónicas del hombre de hierro que resultó abollado)

Lo afirmo. Lo fui. Nada ni nadie me podía detener. Era una máquina de éxito, de frases certeras, irónicas, inteligentes, de ir adelante, sólo adelante, sin detenerme a pensar en lo que me pasaba, sin sentir cansancio, sin dormir, sin respetar horarios propios y ajenos, sin respetar a la gente, sin respetar a mi familia, a mis amigos, a la que era mi novia. Era sólo yo, yo y nadie más que yo.
Trabajaba en un lugar envidiable, con un futuro y una expectativa de vida verdaderamente envidiable, un horizonte grande, con dinero, con fama, viajes, relaciones y amistades que en mi vida pude imaginar tener. Estaba cruzando la puerta del resto de mi vida. El portal más grande e importante que pude haber atravesado. Subí a un tren enorme, fuerte, imparable, veloz, muy veloz; tanto así que aquellos que no alcanzan su ritmo, aquellos que se sostienen de alguna de las agarraderas que ofrece pero no pueden correr lo suficientemente rápido para terminar de subirse, son arrastrados, son demolidos, y luego atropellados violentamente por la propia compañía.
Ese fue mi caso. Durante ese tiempo en el que nadie me podía detener corrí con la velocidad suficiente para mantener el ritmo, para seguir el camino paralelo de la máquina... Pero después... Después me fue imposible.
Terminó mi poder, terminó mi agudeza, mis ganas de seguir adelante, mi interés en continuar en el viaje, en subir finalmente al tren... Se fueron, se esfumaron los intereses, las motivaciones; aquél horizonte que parecía tan prometedor de pronto se tornó simplón, frívolo, sin atractivo alguno para mi capacidad intelectual... Ja.
Bajé la velocidad de mi carrera. Poco a poco mis piernas se doblaron, mi mente perdió la concentración y terminé por soltarme de la muy endeble agarradera a la que originalmente me había aferrado con tanta fuerza.
Y fui arrastrado, fui cercenado, fui molido por las ruedas imparables y filosas de la enorme máquina que pasó por encima de mí sin siquiera darse cuenta de que me había sujetado a ella durante cuatro meses. Cuatro meses en los que corrí tan rápido como nunca lo hice y como quizás nunca lo vuelva a hacer. Llegué a lo que creí era lo más alto, lo mejor, la panacea de mi vida y la de mi futura familia. Tenía 23 años y era lo suficientemente tonto para creerme esa estupidez que el propio tren trae tatuado en cada puerta, en cada pared, en cada rueda, en cada superficie que es capaz de ser rotulada: “Después de esto, el mundo no existe. Vales por que estás aquí y sólo eso vale”.
Caí después de ser invencible mientras corría desesperado. La caída duró seis meses y me levanté después de una recuperación basada en la ignorancia, en la indiferencia, en la certeza de que “todo va a pasar pronto” y, mientras, sembré lo que un año después resultaría la peor, la peor de las caídas que he sufrido.
Pero por ahora, hasta aquí el hombre de hierro...

1 comentario:

  1. Fuí invencible...
    Genial este texto me siento identificada, estuve en un cargo directivo, todo era mi responsabilidad, mis decisiones, mi territorio...
    Pero esta enfermedad me demostró lo contrario, hoy más estable siento que de SALDO me queda un gran aprendizaje, y una experiencia que otros quizás nunca tengan hasta haber agotado sus fuerzas en la vejez, yo estoy a tiempo de disfrutar la vida...mis amores...mis hijos...mi familia. Tendré que ir a media marcha...cuando estaba acostumbrada a correr, pero mis niños necesitan a su madre y ya sea corriendo o NO ESTANDO no la tenían, ni yo tenía una VIDA.
    ESPERANZA es la mejor palabra que hoy conozco frente a este problema...
    ESPERANZA de vivir tranquilamente y con alegría. Tan simple como eso

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