22 ene. 2008

El equilibrista


Después de un tiempo de andar sin medicinas, uno se siente, al principio, renovado, como si una nueva oportunidad de vivir sin muletas se presentara intempestivamente.
Después de una o dos semanas, cuando por cualquier pretexto el ánimo decae, se comienza a dudar acerca de la conveniencia de terminar con el tratamiento psiquiátrico ante la posible embestida de una depresión de cuyo desenlace no se sabe absolutamente nada.
Y sí, entonces viene una depresión que parece inofensiva, que parece pasajera ocasionada por un mal día, alguna palabra emitida por alguna persona amada que explotó en un momento de ira y ¡paf!, ahí estás de nuevo sufriendo la autocompasión que tan bien viene en estos casos.
Pasan entonces los dos días que ahora he aprendido a sobrellevar a pesar de todo lo que pase... hasta ahora.
En estos dos días comienzo a tratar de sentirme mejor, a veces sin éxito inmediato, pero con buenos resultados al final.

¿Me siento valiente? No, más bien un poco estúpido, como si fuera equilibrista y a unos cuantos meses de practicar el acto circense grito desde arriba que me quiten la red de protección porque ya me siento mucho más seguro y entonces comienzo a tambalearme.
Quizás excitado, emocionado, como quien va a presentarse ante un público masivo para dar una conferencia.
Así llevo ya varios meses, quizás ya más de seis, la verdad es que he perdido la cuenta y nada me ha pasado, al menos nada grave, al menos nada que me haga arrepentirme de haberlo hecho.
Las pastillas para mí ahora son un recordatorio de lo mal que estuve durante mucho tiempo, del camino que seguí para estar mejor, del dinero que tuve que invertir para estar en paz conmigo, con mi esposa, con mis padres y con mis amigos.
Ya no gasto más, no al menos en eso, ahora prefiero gastarlo en comidas con mi esposa, con mis amigos, en salidas al cine...
Y sí, quizás como el equlibrista, ando sin red de protección pero con sendos cayos y un público que desde las gradas me apoya y aplaude incondicionalmente...

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