18 feb. 2008

La isla de Gog


He estado leyendo un libro que no trata nada relacionado con la depresión ni la bipolaridad, sin embargo algunos temas, debido a su naturaleza me han hecho verlos desde esta perspectiva. Nada raro ya que en buena medida paso todo el tiempo tratando de observar las cosas desde un ángulo que involucre a la depresión y a la bipolaridad. Con el tiempo y la práctica hasta hacer el súper, ir al mercado, subirse al metro, comprar un refresco e ir por las tortillas, pueden vincularse de mil formas con el trastorno bipolar. Es extraño pero así he aprendido a ver las cosas.

En el caso de Gog, que así se llama el libro escrito por Giovanni Papini (de quien seguiré escribiendo en futuras ocasiones), no es nada complicado hacer el vínculo. El libro es un conjunto de apuntes, reflexiones, relatos y diálogos que un personaje de nombre Gog realiza sobre muchas situaciones, lugares, personas e ideas. Nada fuera de lo normal, incluso nada interesante si no fuera porque Gog es un ser casi inhumano, con un sentido de la practicidad completamente amoral y materialista. Muchos comentarios y apreciaciones pueden ser chocantes, pero nunca carentes de sentido. Uno de estos textos me llevó inevitablemente a pensar (y escribir) acerca de la caducidad que tenemos los seres humanos sobre la tiera, la fragilidad de la vida y el sometimiento que esta sociedad tiene al azar.

No al juego que nos puede llevar a perder gruesas sumas de dinero, sino a ese azar que nos coloca involuntariamente en el trayecto de una bala perdida en un asalto, en el edificio que se desmorona cuando tiembla, en ese porcentaje de las estadísticas que indican a quién le da cáncer mortal y a quién no. El azar que cobra la vida en un juego que no quisimos jugar.

Gog reseña la costumbre de una isla cerca de Nueva Zelanda (ignoro si esta isla existe) que marca que en ese pequeño país sólo pueden haber 760 personas (si no mal recuerdo la cifra) por meras cuestiones de equilibrio social y ecológico.

Como sólo pueden haber esa cantidad de pobladores, cada año se organiza una ceremonia en la que se hace un censo. Si los nacimientos superaron a las defunciones entonces habría un superavit que tiene que ser nivelado. Se recurre entonces a un macabro sorteo, una especie de ruleta rusa. Se escriben los nombres de todos los habiantes de la isla en unas tablillas que son depositadas y revueltas en una especie de urna enorme. Luego, un perro entrenado para el caso es el encargado de elegir el número de tablillas necesarias para dejar el número exacto de habitantes. Nadie está excento. Ni siquiera las madres de los recién nacidos.

Una vez elegidas las personas, hay dos opciones: o se suicidan o son arrojados al mar. Los sorteados tienen tres días para despedirse de sus seres queridos y aparecer dignamente muertos; o tratar de escabullirse y luego ser buscados, sometidos y arrojados humillantemente al agua.

Los familiares lloran a sus víctimas. Papás, mamás, hermanos, hijos, esposas y esposos, sufren de un cierto periodo de duelo por el familiar perdido, pero muy en el fondo agradecen no haber sido ellos mismos los elegidos por el perro. Esta sociedad así convive, así se ha desarrollado y les parezca o no a los habitantes, esas son las reglas de convivencia.

Cada año, supongo, es como volver a nacer. Su ciclo vital no es de una vida entera. Tienen la existencia condicionada no sólo a su salud, a su fuerza, a su pericia, sino también al azar, al doble azar que implca este equilibrio ecológico extremo.

Nosotros no tenemos esta moral necesidad del equilibrio. La naturaleza tiene siempre las de perder frente a la imbatible fuerza de reproducción del hombre, pero ¿qué pasaría si sufriéramos de un periodo de vida tan vacilante como el de aquellos isleños?

En el fondo nuestra vida también está sujeta al azar, no a ese que se rige por las fauces de un perro que saca una tablilla con nuestro nombre, pero sí a todos aquellos que mencioné al principio del texto. Pensamos que las posibilidades son remotas, que dificilmente nos podría tocar y sin embargo sucede (justo ayer, aquí en el DF, una bomba mató a un sujeto que sin duda no pensó que esa tarde moriría en un estúpido atentado).

Si hoy nos dijeran que viviremos esta año con toda tranquilidad, pero el siguiente quizás no, ¿qué haríamos?, ¿cómo viviríamos este año que seguro nos queda?

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