11 jul. 2008

Despachos de guerra

Leí un libro que me dejó pasmado. Se llama Despachos de guerra de Michael Herr y es una crónica no muy periodística sino más bien psicodélica de la guerra de Vietnam. El estilo arrebatado, punzante, en momentos reflexivo, y en momentos tierno, a veces vertiginoso y a veces cautivador, me deja la certeza de que todavía la literatura me puede provocar este sofoco que sólo las grandes emociones causan. Es un alivio saberme vivo y sensible después de todo.

La visión de Herr, más humana, menos militar-política-histórica, revela que la guerra de Vietnam fue, antes que nada, un desmadre que muchos temían, pero otros más lo deseaban, lo buscaban, lo provocaban como quien, no conforme con su sufrimiento y su vida, busca afanosamente la muerte.

En su narración todos, o casi todos están enfermos: están locos. La guerra los volvió locos y algunos se hicieron adictos a esa locura, a las pastillas que se les entregaban para dormir y despertar, a la marihuana que se repartía en la tropa, a matar, a saberse muerto.

En el frente hay soldados negros que no quieren disparar porque de hacerlo lo harían contra sus compatriotas blancos. En Estados Unidos, en Los Ángeles y en otras ciudades se libra una batalla racial que incluso llega hasta tierras vietnamitas. Hay también soldados temerosos que buscan enfermarse, o que les den un tiro en la pierna, salir heridos para no estar ahí, en la carnicería. Pero también hay carniceros, soldados con la mirada vacía que andan por ahí como fantasmas entre los vivos.

Herr, en alguna de sus brillantes líneas afirma algo así como “nosotros vinimos a cubrir la guerra, pero la guerra terminó cubriéndonos”. Y no es complicado entenderlo. La vida se vuelve más simple vives o mueres, matas o eres muerto; atacas o defiendes. No hay muchas opciones y además siempre está el factor suerte. Sobrevivir a todo eso debe ser algo horrible. Debe quedar la sensación de que ya en la ciudad, en casa, con la familia, nada vale la pena, nada de compara a la adrenalina de pender de un hilo en cada paso, en cada centímetro, en cada segundo en la selva. Por eso hubo y hay quien después de vivir situaciones parecidas queda enamorado de la guerra, de la muerte propia y ajena.

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