13 mar. 2009

Dos semanas en el desierto


Ojalá hubieran sido 15 días de soledad entre dunas de arena, pero fueron días, largo y tortuosos en los que me quedé "sólo" en la chamba, sin mi principal apoyo profesional y psicológico en la oficina. Me quedé solo, a cargo de una resposabilidad que yo no pedí y que, lastimosamente, creo que terminó por vencerme.

De pronto, me vi entrando a una sala llena de gente que de entrada me parecía (y me sigue pareciendo) hostil, con la única intención de atacarme... Creo que se trata de alguna fobia que por alguna razón había mantenido oculta. Le tengo pavor a las juntas, a hablar en público, y sobre todo, a ser rebatido.

No lo puedo ocultar, se me nota en el tono de voz, en el sudor en las manos, ya de por sí copioso, se me nota en las miradas furtivas que lanzo a mis compañeros, y en el silencio que dejo se filtre cada vez que me interrumpen, o me comentan algo.

Recuerdo que cuando estaba en la escuela, hasta llegué a disfrutar de las exposiciones, de los exámenes orales, de los acalorados debates, pero después de varios años de pereza argumental, la factura ha sido cara.

Dice la psicóloga que el miedo que tengo a la gente, en realidad tien un origen menos complicado en una angustia casi infantil por el rechazo del que podría ser objeto. Puede ser que así sea, la verdad es que... quién soy yo para rebatir a la doctora....

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