27 nov. 2010

De la extorsión a la revelación

Siempre escuchamos historias de gente que fue secuestrada o extorsionada. Pero nos es hasta que lo tenemos cerca, cuando nos damos cuenta de la magnitud del daño que este tipo de cosas pueden causar. Hace dos o tres años le tocó a mi familia pasar por un pequeño, pero traumante suceso.

Un sábado por la mañana mi esposa y yo salimos a desayunar con una amiga a un Sanborns cerca de donde vivíamos. Pasábamos una mañana de lo más normal cuando sonó mi teléfono celular. Era mi madre que me preguntaba notablemente asustada si estaba bien, si no me pasaba nada.

Al principio no comprendí muy bien qué pasaba. Insistió con la pregunta un par de veces más y comencé a ponerme ansioso. Levanté la voz, lo suficiente como para que las mesas contiguas me escucharan decirle que se tranquilizara que yo y mi esposa estábamos sentados frente a unas enchiladas y un café en un Sanborns platicando con una amiga, que nadie nos tenía secuestrados.

-Tu papá está hablando con ellos por la otra línea, yo te escuché mijo, eras tú.
-Mamá, mándalos a la chingada, cuélgales y llama a la policía. Estamos bien, nada nos ha pasado.

El daño estaba hecho. Terminamos el desayuno con caras largas. Mi familia, después de sólo ser un espectador lejano había sido tocado, por esa enorme industria de la delincuencia que en muchas ocasiones trabaja con e aval de las autoridades.

Los planes que habíamos hecho para ese día pasaron a segundo plano. Fuimos a casa de mis padres. Creo que fueron dos de las horas más largas en mi vida. Extrañamente sólo quería llegar a la casa y verlos, pero sobre todo, que me vieran, que vieran a mi esposa, que nos pudieran tocar para dejarles bien claro que esa voz que escucharon no era la mía.

Toqué el timbre de la casa, mi papá abrió el zaguán y apenas entré a la casa se soltó a llorar mientras me abrazaba. Nunca había visto llorar a mi padre. Pasaron 26 o 27 años para que viera a mi padre derramar lágrimas. Se murió su madre y su hermano, una tía que fue como su segunda madre, otra tía y un primo muy querido y nunca había llorado. Esa tarde mientras abrazaba a mi papá con el rostro húmedo por las lágrimas, creo que comprendí que también es humano, también siente y sufre. Sufre por sus hijos.

Cuando crucé la puerta de la casa de mis padres tenía sólo dos sentimientos muy básicos: enojo e impotencia. Luego de sentir a mi padre desmoronarse en mis brazos, dejado escapar sus más sentidas emociones, y ver a mi madre también llorar, impaciente por abrazarme sólo pude sentirme profundamente conmovido. Me relajé. Dejé de pensar en mí y sólo quería confortar a mis padres.

El resto de la tarde la pasamos hablando, hablando, hablando. En esos casos creo que no se puede hacer otra cosa que no sea exorcizar los miedos y las tristezas, el coraje, la frustración y la impotencia.

Gracias a Dios a mi madre se le ocurrió hablar a mi teléfono celular antes de seguir el macabro juego de los extorsionadores. Gracias a Dios pudo detenerse a pensar antes de obedecer instrucciones absurdas a condición de matarme (o matar al que se supone era yo del otro lado de la línea pidiendo clemencia y ayuda). Gracias a Dios todo quedó en un intento de extorsión, de fraude, de burla, de engaño. Nada pasó, salvo un gran susto.

Vi a mi padre llorar por mi, escuché a mi madre profundamente angustiada por lo que me pudiera pasar. La llamada de esos delincuentes me hizo ver que, a pesar de los problemas que puedo tener con mis padres, siempre, al final, lo que importa, lo que sobrevive, lo que se mantiene a pesar de todo es el amor. Incluso de una persona como mi padre que parece ser, igual que yo, una persona totalmente insensible.

1 comentario:

  1. me llamo tamara (tipo uno "me dicen") tengo 19 años y sin saberlo te comprendo desde los 14.
    fuerza para lo que venga, para lo que retorne. un agrado enorme poder leerte, más aún poder encontrarte en mis circunstancias.

    un abrazo.

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