28 mar. 2011

Identidad bipolar y autosabotaje

Siempre he creído que en realidad no sé quién y cómo soy. Tengo la sensación de estar engañando siempre a la gente acerca de exacta y realmente quién soy. Y de paso, me miento a mí mismo. Una mezcla de negación de la persona y un poco de vergüenza por aceptar lo que de veras quiero y pienso. En el baño de mi casa no tengo espejo porque a veces no me puedo mirar a los ojos y enfrentar la realidad: sigo sin saber qué quiero de mi vida.

La ocasión en que esto me estalló en las manos, provocando una de las crisis de depresión más profundas en mi vida, sucedió cuando renuncié a mi primer y posiblemente mejor trabajo. Entonces era un estúpido joven de 24 años, recién salido de la universidad y con la certeza de poder comerme el mundo. Salí de la facultad y comencé mi carrera profesional de manera meteórica. Si pudiera hacer una metáfora con el béisbol, podría decir que era el novato del año. Joven, inteligente, fuerte, no muy hábil, pero con una facilidad notable para aprender. Bipolar también.


No lo soporté. La presión me superó y el trabajo de mis sueños se convirtió en la peor pesadilla que podía tener: tono aquello en lo que había soñado en los últimos 10 años de mi vida era una mentira, una farsa, un modo de vida con el que no me identificaba en lo absoluto... ¿En qué diablos estaba pensando cuando comencé a imaginar una profesión idílica en la que la meta era sólo obtener el trabajo y a partir de entonces todo sería de bajadita?

Diez años después de eso me doy cuenta de una cosa: algo faltó en mi educación para darme cuenta de que la vida no es tan fácil como la pintan en la escuela y como la aprendí en mi casa. La falla claro es mía (a los 20 años uno claramente se puede dar cuenta de que en el fondo la vida apesta), pero no puedo dejar de pensar que mis padres también fallaron.

Un día, después de una pésima jornada de trabajo en la que preferí hacerme pendejo con las órdenes que me dieron y preferí irme por la libre con la esperanza de que nadie se diera cuenta, pues finalmente sí de dieron cuenta y pagué caro. Mi psicóloga me dice, y yo mismo creo, que en el fondo lo hice a propósito. El típico acto de autosabotaje que tan bien he aprendido y que aplico con cierta regularidad para dar seguimiento a mis actitudes autodestructivas.

Me cagaron como pocas veces un jefe me ha cagado en la vida...

"Creo que debes pensar seriamente si quieres seguir haciendo esto", o algo así me dijo la que era mi primera jefa en la vida en el trabajo que soñé durante toda la carrera.

Entonces algo se movió. En ese entonces yo no sabía que era bipolar. Tenía depresiones esporádicas, pero no se me había ocurrido que fuera una enfermedad. Para terminarla de joder, era diciembre y estaba muy, muy cansado y frustrado. Sus palabras, más que retarme a hacer un mejor trabajo, me dieron un puntapié para decidir que era el momento de abandonar la misión.

Esa noche cuando llegué a casa encontré a mi madre sentada en el comedor haciendo no sé qué cosa. Quizás jugaba Scrabble sola, yo le enseñé y se hizo un poco adicta.

Estaba cabizbajo, por voz tenía apenas un hilo y seguramente mi cara no era la más encantadora. La saludé. Le dije que iba a renunciar, que no aguantaba más. Me preguntó "¿estas seguro?", le dije que sí y levantó los hombros (o al menos eso quiero recordar que hizo).

Subí a mi recámara sólo con dos pensamientos. "Mañana voy a renunciar a mi sueño" y "¿Por qué mi mamá me dejó tomar esta decisión tan-como-si-nada?".

Si mi madre me hubiera (ja, sé que los hubiera son sólo pretextos para la ficción y el arrepentimiento) tratado de convencer de que no lo hiciera, o tratado de hablar conmigo acerca de eso, no sé qué hubiera pasado, y lo más seguro es que hubiera tomado la misma decisión, pero al menos tendría la certeza de que ella intentó hablar conmigo de lo que había decidido.

La verdad es que ahora que lo pienso no sé si reprocharlo o agradecerlo...

Al día siguiente, por la tarde, fui al escritorio de la jefa y le dije "Sobre lo que me dijiste ayer... creo que tienes razón, mejor me voy". Ella tampoco intentó hablar conmigo, no hubo un "¿estás seguro de lo que estás haciendo...?", o un "piénsalo bien, hay otras posibilidades". No, nada de eso que un chavo de 24 años quiere escuchar cuando renuncia al que pensaba era el mejor empleo de su vida. Me sentí abandonado a mi propia suerte... Pero la verdad es que sólo estaba cosechando las intrigas que yo solo me había sembrado.

Dejé ese trabajo 20 días después. A partir de entonces, tuve seis largos meses para pensar quién era, qué quería de vida y deprimirme al punto de no poder levantarme del  sillón. Al final pude levantarme, salir a la calle y buscar otro trabajo, pero 10 años después todavía no sé bien quién soy y qué quiero hacer con lo que me resta de vida... Pero esa parte la contaré después.

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