16 may. 2009

Ejercicio (1 de2)

Camino en un bosque sin un rumbo fijo. Creo que estoy perdido, más de lo que nunca pude pensar.

No puedo pensar claramente, camino sin pensar, como un reflejo; no pienso en nada específico salvo estar caminando sin rumbo fijo. De veras que estoy perdido.

Contrario a lo que suele encontrarse en los bosques, en éste no hay ruidos, no hay animales, aves o viento que rompa con esta especie de nata silenciosa, densa e impenetrable que me envuelve. Ojalá hubiera el canto de una ave, o los pasos de una ardilla que me distrajera, que llamara mi atención, pero no, estoy tan solo que los árboles mismos parecen quitarse de mi camino.

Así, veo un pequeño cerro al fondo del bosque. A este paso no son más de 10 minutos caminando y es la única cosa en este paisaje que llama mi atención.

La pendiente no es pronunciada, pero el cerro está un poco pelón, la tierra es arenosa y me cuesta un poco de trabajo subir porque me hundo en la tierra tan suave.

Al llegar a la parte alta del montículo, puedo ver algo que es verdaderamente impresionante: un valle cubierto por estatuas de muchas personas famosas, ordinarias, conocidas y desconocidas. Las hay de bronce, de mármol, de piedra, cantera, incluso de arena y de madera, de plastilina, de hierro; algunos, como animales, parece que están disecados, como lobos al ataque.

Ahí está la estatua gigante de Cortázar, con su ojo estrábico y la baraba crecida. Parece que, igual que él, su efigie sigue creciendo sin cesar. No es la más grande, pero sin duda es una de las más impresionantes, trae un saco de tweed…

Está también la estatua de Charlie “Bird” Parker. Tiene el rostro un poco carcomido por el tiempo, por las circunstancias, por el vandalismo; la vida desordenada incluso le cobró la factura aquí en el cementerio de los recuerdos. Pero su sax está intacto, fundido en el más brillante de los bronces, no tiene humedad, brilla con los rayos de sol que le pegan directo y los destellos parecen ser las notas mágicas que lograba sacarle al instrumento.

A un lado y a otro veo gente importante, o por lo menos famosa. Julio César Chávez, Woody Allen, Hitler, Monsivaís, Da Vinci, Babe Ruth, Kapuscinski… La señora que hace las quesadillas afuera de la casa de un amigo, la señora que vende memorias para celular sobre Insurgentes, el mendigo que vive en la calle de 5 de febrero, la secretaria del ISSTE que todo el mundo observa…

Todas las figuras están en un pedestal, algunas tienen posiciones complicadas y extravagantes, otras simplemente están ahí simplemente como recordatorio de que alguna vez existió la persona que las inspiró.

Como en el bosque, ahora también camino sin rumbo. Trato de encontrar una lógica para este cementerio. No hay nadie vivo, todos están muertos. Las estatuas deben ser de personas muertas, creo. Hay estatuas que son tan extrañas que el sólo hecho de su planeación debió haber causado una risa socarrona en sus creadores. No imagino al que hizo esa extraña estatua de los niños de la calle, con una máscara de Salinas en un niño montado en los hombros de otro niño, montado en los hombros del que se supone es el padre de ambos, todos con globos en las nalgas. Es inconcebible.

Encuentro entonces mi propia estatua.


Continuará...

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