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Una llamada

Leonardo está despierto desde hace veinte minutos pero se resiste, sin mucho esfuerzo, a abrir los ojos. ¿Para qué? Ahí sigue el techo de tirol cuyas formas lo tienen tan aburrido como su propia vida. También ahí está la pared con el póster enmarcado de “La vendedora de alcatraces” de Diego Rivera que tanto odia. El baño sigue sucio de dos semanas, la alfombra está sembrada con bolitas de cabello, y hay una montaña de ropa sucia erigida desde tres semanas antes. ¿Para qué abrir los ojos? Tiene calor debajo de las cobijas. Seguro son más de las ocho de la mañana y es un día claro. Está boca arriba. Así amanece diario. Se duerme de lado, pero invariablemente en las mañanas despierta viendo el techo. Está cansado de lo mismo. Afuera la gente está en sus trabajos, tomando el primer café de la mañana, en el camión, en el metro rumbo a sus oficinas. Leonardo dejó de trabajar hace tres semanas. Renunció. Como en otras ocasiones, le bastó con un pequeño coraje para tom...

Escucho que...

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Me despierto. Lo primero que escucho es el rechinar de las llantas de un coche que frena poco antes de atropellar a una persona. Sé que así sucedió porque ya me pasó una vez... Bueno, no me pasó, yo hice que pasara. Me lancé al paso de un coche, pero mi plan no funcionó. Salí con algunos raspones y la frustración de ni siquiera enviar a la cárcel al conductor del auto. Al contrario, fui yo el que pasó un par de noches en los separos. Según el juez era por mi propia seguridad.

Soledad zombie 2-2

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Muchos de nosotros hemos sobrevivido gracias al camuflaje. Cuando me di cuenta de que son ciegos y que se orientan con el olfato, comencé a ocultar mi propio olor. Le corté la cabeza a uno de ellos y me embarré de esa bilis negra que llevan dentro. Fue asqueroso. Vomité tres días seguidos, pero como cualquier otra tortura, terminó por agradarme. Ahora puedo estar en medio de ellos sin que me moleste su olor. Y a ellos les toma mucho más tiempo detectarme.

Soledad zombie 1-2

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Es fácil decir que aquí caímos todos y que nadie sobrevivió a l ataque. Pero pocos son los que se atreverán a contar la historia de su sobreviviencia, de las atrocidades que tuvieron que hacer para mantener su vida. Incluso terminar con la vida de otros. Estas líneas la escribo ahora, justo cuando me escondo en una pequeña cabaña en el bosque, al sur de la ciudad, donde todavía no me encuentran.

Soñé que...

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Ayer soñé que mi examen se resolvía solo. Ni siquiera tuve que tomar el lápiz y fingir que lo contestaba. Tampoco tuve que hacer esas muecas que todo el mundo cuando está tratando de recordar la fórmula para un problema o la fecha específica de una batalla. Fue tan natural como recibir el cuadernillo del maestro, poner la hoja de respuestas sobre el pupitre y esperar a que las manecillas siguiera su camino.