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Entradas

Depresión y lo terribles 40

A estas alturas de la vida no sé qué hacer con mi vida. Tampoco sé bien quién soy. De verdad. Hasta me da pena. Diría que me da pena ajena, pero no. Es muy mi pena. Tengo una vida ya muy hecha. Más de 10 años de experiencia laboral, más de 10 años casado, padre relativamente bueno (al menos eso quiero pensar). Pésimo amigo, pero con un grupo sólido e inquebrantable de ellos. Y muchas, muchas inseguridades, miedos (que a veces son terrores con los que vivo a diario), planes incumplidos e ilusiones rotas.
Me veo en el espejo y veo el mismo rostro de hace 20 o 25 años. Siempre, a cada momento me dicen que soy comeaños. Sí aparento físicamente al menos 10 años menos de los que tengo. Y tristemente creo que mental y emocionalmente soy aún más inmaduro. Como si tuviera 15 años. Mantengo las inseguridades de aquellos años. Mis sueños y planes tampoco han cambiado. Lo cual es triste porque quiere decir que no los he logrado. Y eso es una realidad. Cuando era adolescente, y más adelante, c…
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Pocilga

Vivo en una pocilga. Mi vida entera es una pocilga. Eso lo sabe todo el mundo. Pero qué es una pocilga. De acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, ese edificio vetusto que nos dice que sí y que no está bien dicho, pocilga es un lugar hediondo y asqueroso. Y sí. Mi vida hiede, y junto con ella, mi casa, mi trabajo, mis futuro. Sobre todo mi futuro. Pero no estoy solo. El resto del país comparte esa parte hedionda del futuro. Y si mi vida y mi casa es una pocilga, ese bonito ambiente se extiende a la calle, a la ciudad y a todos lados. En general esa ciudad, durante los últimos 40 años, que son de los que puedo dar fe, siempre, invariablemente, ha olido a mierda de perro y orines, humo y basura. Pero en los últimos cinco años y especialmente en el último año, esa hedor se ha intensificado de una manera alarmante y brutal. Falta que llegue hasta el interior de los hogares. Aunque no dudo que ya muchos apestan a mierda.  Lo digo no sólo porque se puede dar la situación de que la…

La pesada y larga rutina

Hago una revisión aleatoria de mis redes sociales, leo las cuentas que me gustan, las que siento que algo bueno me dejan, pero también repaso las que de rebote me llegan y que aborrezco. Y me siento con más ganas de escribir que de leer. No he encontrado algo que me nutra o que medianamente me entretenga. Exceso de ataques y pensamientos cero interesantes. Puros lugares comunes y nada de creación.
A mí, que me gustan las historias, los juegos narrativos, el ingenio hecho palabra y estructura, me he quedado un poco huérfano. No se a dónde dirigirme. Quien me daba luz sobre estos temas falleció hace muchos años y no he tenido la suerte de encontrar otro mentor. Siempre me he considerado así, como un aprendiz de todo, en la búsqueda de un maestro al cuál escuchar, del cual aprender... y conforme pasan los años y me voy haciendo viejo, tonto, conservador, pobre y recalcitrante, menos oportunidad creo tener de  reencontrar ese camino de aprendizaje.
He dejado de practicar casi todo lo que …

Exceso de realidad

Tengo la fortuna de tener trabajo y la manera de mantener a mi familia de una manera digna y honesta. Paso 14 horas al día viendo y asimilando la desesperante realidad. Violaciones, violencia, muerte, traiciones, pobreza, mendicidad moral e intelectual... Lo "normal" en la sociedad que vivo. Normal... Triste palabra para el caos que nos rodea y la casi nula voluntad de cambiarlo. La gente vive cómoda en esta mierda...
Las otras 10 horas que me quedan de cada día trato de convivir con la gente que amo, de dormir un poco y de evadirme. El resultado es siempre el mismo. La realidad me supera, el tiempo que me gustaría dedicarle a la evasión (leer ficción o escribirla) termino simplemente viendo televisión, con la mente en neutral.  No encuentro la medida justa entre la realidad y el remanso de la fantasía. Y si me preguntan, sí la verdad me gustaría simplemente quedarme en la ficción. Regodearme en que esto que está aquí, no existe.

Quetiapina y el mareo

Si antes de tomarla me costaba un huevo levantarme, desde que la estoy tomando, junto con la oxcarbazepina, es casi imposible. Llevo más o menos un mes tomando la quetiapina por la noche, pero cada mañana me vence. Me vence. No puedo abrir los ojos. Mi cerebro no puede...
En términos generales creo que sí me ha funcionado, aunque he tenido días de veras muy malos. A penas esta semana la somnolencia no me dejó en todo el día. Generalmente un par de horas después de que logro levantarme se me va el sueño, pero hace dos días toda la jornada luché contra el sueño.
Y luego las juntas de trabajo donde tengo que mantener al menos un mínimo de atención y siento que hago bizcos. Poco ha faltado para que se me caiga la cabeza sobre la mesa frente a los jefes que ya sospechan que, al menos, voy casi dormido a trabajar...
Y luego las 10 horas frente a la computadora leyendo textos incomprensibles que debo hacer comprensibles. Dos, tres leídas. Y entre que no le entiendo y entre que mi mente está má…

Habla el loco...

Conmigo las cosas nunca son claras. Me voy, regreso. Salto, corro y me escondo. Ojalá fuera al revés y siempre me entendieran. Pero así es el loco. Nadie entiende nada. Me veo en el espejo y saltan los ojos y la boca se me escurre y veo mi cráneo radiante y mis ojos oscuros. Perdí las orejas. Hablo pero no escucho si digo algo. La distancia entre ese que se supone soy yo y este que aquí está es infinita e intransitable.
Supongo que no siempre fue así. En el pasado todos estaban locos. Entonces no había problema. Todo se resolvía en el caos y la violencia. Añoro esos tiempos que me rebasaron. Caí en este cerco de la razón, el lenguaje, la moral... Ahora no sé qué hacer, a dónde dirigirme, qué faro seguir. Y así ando, dando tumbos entre palabras ajenas, sables voladores, dardos ponzoñosos.

El juego

Motita de polvo

El juego

Pasó mucho, mucho tiempo antes de que Motita de polvo viera a alguien. Incluso había olvidado cómo eran las personas, tanto que cuando se cruzó con una, no la reconoció.

Percibió un aroma dulce y cálido. Y se sintió abrazada, cándidamente acompañada. Sin saber por qué, estaba cómoda y feliz.

Miró hacia arriba pero solo observó el cielo azul inmóvil y silencioso. Pero cuando volteó hacia abajo vio a una persona que saltaba una cuerda.

Cantaba una tonada que le ayudaba a llevar el ritmo con cada salto y en el suelo había un sándwich de mermelada de fresa.

Motita de polvo recordó que años atrás había visto niños jugando en las calles, pero fue en otro tiempo, en otras ciudades. Era otro mundo.