25 jun. 2009

Un día a la vez

Alcohólicos, anoréxicas, jugadores, comedores compulsivos, etc., todos tenemos algo en común: somos adictos a algo.

Todos tenemos comportamientos obsesivos compulsivos. No sabemos cómo controlarlo, y muchas veces sabemos que está mal, que invariablemente nos llevará a un punto sin retorno, y sin embargo, seguimos haciéndolo, es imparable.

Conozco a algunos jugadores compulsivos que han perdido sus trabajos, sus casas, sus negocios, sus coches, incluso sus familias, pero no podían dejar de apostar.

Convivo también con alcohólicos todos los días. Ya sea que se arrastren de borrachos dos o tres días a la semana, o que simplemente no puedan dejar de tomar diario para seguir su vida normal, el caso es el mismo: no pueden, o no quieren dejarlo.

Yo no apuesto, ni soy alcohólico, ni me drogo, ni como sin control. Me jacto de todo eso. Pero creo que todos los anteriores pueden presumir que en los momentos en que lo hacen pueden ser un poco felices, o al menos eso dicen, o creen. Luego vendrá la resaca, pero lo bailado nadie se los quita.

¿A qué soy adicto? ¿A hacerme preguntas inútiles? ¿A hacer sufrir a las personas que más amo? ¿A hacerme sufrir a mí mismo sin razón alguna?

Mi obsesión sobre lo que pienso y siento, quizás me ha llevado a un punto muy profundo en el que sólo he encontrado vacío.

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