29 dic. 2009

Depresión y Navidad


Todo se ha dicho sobre este tema. En general la gente que tiende a la depresión, suele deprimirse más, o con más facilidad en esta época. En los periódicos las notas redundan en el tema, e incluso en las notas del suicidio.



Razones hay muchas: desde la luz que en estos días es más triste, hasta las reuniones familiares, con los amigos, la falta de dinero, el frío, las películas tontas de Navidad, las vacaciones sin salir de casa... En fin, que cada quien aumente la lista de razones como mejor le parezca..


En mi caso, no me gusta la Navidad porque ese sentimiento (casi siempre forzado y falso) de paz, armonía y perdón obligado, me parece inútil, y a veces ridículo. ¿Por qué justo en esta época los que solemos odiarnos durante todo el año tenemos que reconciliarnos, darnos un abrazo y desearnos lo mejor...?
 
No me gusta el intercambio en la oficina en el que le tengo que regalar algo a un compañero quien no le hablo e incluso hablé mal de él. Y luego todos, incluyendo al jefe, me abrazan y me desean lo mejor para mi y mi familia a la que no conocen ni les interesa conocer. Pero para mantener el orden social tengo que decir algo parecido. Prefiero desear simplemente que disfruten de las cenas (que por cierto merece otra entrada aparte).

 
Trato de ya no me deprimirme. Al menos este año no me pasó. Creo que en buena medida se debe a que en el trabajo me cambiaron de lugar y ya no estoy frente a la ventana donde de tarde en tarde veía los volcanes al oriente de la ciudad. Ahora veo una pared blanca durante las doce horas que estoy ahí. No es agradable, pero me ayuda a concentrarme y a no ver la luz amarillenta y tristona de los inviernos en la ciudad de México.


Y si el acto superficial de desear incluso a la tamalera lo mejor para el siguiente año es ya medio patético, el hecho de tener que comprar todos los adornos para la casa es todavía peor. No me gustan las cosas que no tienen un uso directo y práctico. Los adornos navideños son para mi una patada en el hígado, pero para mi esposa son importantes. Entonces hay que comprar un árbol de Navidad, moños, esferas, escarcha, estrellas, muñequitos y cuanta cosa vendan en las islas de los supermercados. Para mi fastidio, la Navidad en las tiendas comenzó desde septiembre y la agonía se extiende prácticamente hasta enero.



Y eso abona para el sentimiento que puede derivar en la depresión. Los comerciales en la televisión, los comerciales en Internet, las ofertas en las tiendas, y toda la parafernalia publicitaria y mercadológica para gastar lo poco que juntamos entre el aguinaldo, el fondo de ahorro y la segunda quincena de diciembre. Todo para que en enero tengamos que tronarnos los dedos para llegar a la primera quincena sin tener que visitar a Monte de Piedad.



No me gusta la Navidad. Quienes me conocen lo saben, pero me aguantan porque igual yo los aguanto. Una frase trillada: lo único bueno de la Navidad es que es sólo una vez al año.


Hay personas a las que les funciona muy bien estas épocas, que las aprovechan para en serio acercarse a quienes ocupan un lugar importante en sus vidas. Hay quien disfruta y aprovecha la Navidad y el fin de año como ninguna época del año. Me da gusto por ellas. Saber que siempre hay unos días al final del año que son una especie de refugio después de un año de desaires.



En fin que cada quien lo tome como quiera. Si es tu caso el de la depresión, piensa que no eres el único, y que sólo dura unos cuantos días. En enero todo vuelve a la normalidad, con menos dinero, y todo un año para recuperarte.

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