15 sep. 2011

Escucho que...


Me despierto. Lo primero que escucho es el rechinar de las llantas de un coche que frena poco antes de atropellar a una persona. Sé que así sucedió porque ya me pasó una vez... Bueno, no me pasó, yo hice que pasara. Me lancé al paso de un coche, pero mi plan no funcionó. Salí con algunos raspones y la frustración de ni siquiera enviar a la cárcel al conductor del auto. Al contrario, fui yo el que pasó un par de noches en los separos. Según el juez era por mi propia seguridad.


El rechinido fue corto, muy corto y el golpe que se escuchó después retumbó en toda la calle. Un quejido sordo escapó de la boca del atropellado. Quizá él corrió con más suerte que yo.

No me quiero levantar. Para qué. El trabajo apenas me mantiene despierto y mis jefes (sí tengo varios, todos ellos contradictorios) me tienen hasta la madre. El primer impulso que tengo es el de correr hacia la ventana y no detenerme hasta tocar el suelo cinco pisos más abajo.

Pero no, tampoco me animo, soy demasiado temeroso de las alturas, del vértigo, del ejercicio que representa salir corriendo. Caminar no es la opción, no alcanzaría la fuerza necesaria para romper el vidrio.
Cortarme las venas... No creo, los cuchillos que tengo en la casa no tienen filo. Una cortada que me hice de niño me convenció de que los cuchillos eran demasiado peligrosos para mi. Yo creo que esa es la razón por la que no me gusta la carne roja, esa a la que todavía le sale un poco de sangre.

También escucho a lo lejos a un par de pájaros que cantan. Ojalá supiera el tipo de pájaros que son. Siempre me he preguntado por qué unas aves dan saltitos y otros caminan. No entiendo por qué un mismo tipo de animal tiene dos diferentes maneras de desplazarse en la tierra. Tampoco nunca he entendido por qué si los perros todos ladran igual, por qué los pájaros todos cantan tan diferente... No podría decir ni siquiera sin son canarios, cuervos, urracas o loros. Ni siquiera sé como son, para mí son sólo nombres, sin un referente visual. Pero me gustaría saber cómo lucen estos pájaros que cantan todas la mañanas en aquel enorme árbol del que, por cierto, también desconozco su nombre.

El despertador todavía no suena. Es como mi pequeño verdugo. Cada vez que escucho la alarma, me acuerdo de que tengo una vida que vivir y que de no hacerlo, muy probablemente el mundo seguiría tan funcional como siempre, pero sin mi. No es un gran drama, no es una tragedia. No al menos para la gente que no me conoce, pero luego pienso en mi mismo y creo que me daría mucha pena si alguien me dijera que ya no vivo más. Es un poco extraño, pero me doy tristeza. Mi vida y mi muerte, ambas cosas me dan pena.

Faltan tres minutos todavía para que suene. Antes existían los gallos que levantaban a las personas, todos a la misma hora. Hoy los gallos son parte de una estampita en una monografía para la escuela o la figura en una casilla de la lotería. Nada que se pueda extrañar. Por cierto que los gallos dan pasos para caminar, no saltitos.

Ahora, como un recordatorio de la fragilidad de mi vida, escucho a mi estómago que me dice que tengo hambre, que tengo que alimentarme si es que quiero seguir con esta vida y la rutina que me mantiene vivo.
Sé que en el refrigerador no hay nada para comer. Quizás haya un poco del asqueroso café soluble que compré hace dos semanas, también hay un pedazo de bolillo duro que dejé sobre la mesa hace dos días. Sólo espero que las hormigas no lo hayan invadido por completo.

Hablando de invadir, recuerdo lo incómodo que me sentía cuando Mara estaba todavía conmigo. Maldita perra, cómo la quería, aunque a veces amanecía con ella a los pies, acostada sobre la cama. Pero falleció y la tuve que cremar. Ahora me acompaña en una lata de café que tiene por nombre Legal...

Los perros, dicen, son buenos compañeros. Tienen razón. Te acompañan en los días más oscuros de la vida, cuando nada parece ir bien, y entonces llegas a la casa y te das cuenta de que cagaron por todas partes. Nunca digas que algo no puede estar peor porque un perro puede sorprenderte.

Suena el verdugo.

Tengo que levantarme para iniciar el día, que en realidad, y desde hace varios años, para mi se ha convertido en un ritual pagano que cumplo religiosamente sin que nada ni nadie me quite la fe de que si lo llevo a cabo como siempre, un día cambiará mágicamente. Es el pensamiento más estúpido que pueda tener, pero tengo confianza en las sorpresas que puede dar la vida... Obviamente no ha pasado.
Tengo cinco minutos más antes de que la alarma vuelva a sonar.

Escucho que ya llegan las patrullas y las ambulancias. Quisiera ver cómo quedó el coche después del golpe. Los atropellamientos dejan marcas muy diferentes en los coches de las que se producen cuando choca un auto con otro. A veces se pueden encontrar rastros de sangre, de piel o cabello incrustados en parabrisas o pedazos de hueso en la defensa. Todo depende de la intensidad del golpe.

Hay gente. A esta hora las mamás regresan de la escuela después de dejar a sus hijos. Por eso me levanto a esta hora, para evitarme la pena de soportarlos.

No, definitivamente no voy a tomarme esos cinco minutos. Hay un ritual que espera a su sacerdote mayor para el sacrificio de todos los días.

1 comentario:

  1. hola, comprendo lo que le pasa a Leonardo, algo parecido me pasa a mi, estoy trabajando bien y luego me aburro, soy bipolar medicada,me canso, me pregunto si esto es parte de la enfermedad o si se debe a una actitud propia de mi???? ayudenme

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