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Viajo bajo control

No recuerdo cuándo fue la última vez que escribí en este espacio. Es fácil ver la fecha del último post, pero eso no sirve. He olvidado tantas cosas que este blog me recuerda una parte de mi que, espero, poco a poco voy dominando. En los últimos meses la enfermedad me ha hecho poco o nada. Vista mi conducta desde el ángulo de la depresión y a hipomanía, tendría que decir que lo he controlado muy bien, con todo y las grandes emociones que he pasado. Podría pensar también que es precisamente a esas grandes emociones que me he sentido bien... Podría ser. Mi punto es que la depresión no me ha ganado y a la hipomanía pude controlarla. Enero y febrero fueron dos meses llenos de emociones por cuatro eventos que, sin planearlo, se sucedieron de forma encadenada. En un lapso de tres semanas hice mi examen profesional, me tomé unas curiosas vacaciones donde me reencontré con una parte de mi familia que hacía años no veía, luego realicé mi primer viaje al extranjero a Bogotá, Colombia d...

Ya habrá tiempo

Por ahora no hago nada. Me siento aquí, tan campante como si la vida no existiera, como si el tiempo fuera un pedazo de goma de mascar que se estira y se mete entre los dientes, inofensivo y placentero. Sólo tengo una certeza: no sé a dónde voy. Esperaba que las palabras me lo dijeran que las oraciones me marcaran un destino y un camino, pero la verdad es que ellas tampoco lo saben. Y cómo lo van a saber si están en medio de la nada, saliendo de mi cabeza hueca, desorientada y anodina. Siempre el tema es el control y el miedo a perderlo. Por eso no tomo, no fumo no me drogo, no tengo amigos, no tengo amantes, a veces ni siquiera me tengo a mi mismo por miedo a perder el control y terminar haciendo lo que menos deseo hacer: perderme en medio de mis impulsos. Por eso escribo, para desahogarme, para dejar en blanco sobre negro lo que me asfixia, lo que me pone ansioso. Por ejemplo, llevo dos noches sin poder dormir bien. En parte porque mi esposa está enferma de la garganta y ronca com...

De nuevo Navidad

Podría quejarme como todos los años, pero no lo voy a hacer. No en esta ocasión. Me niego a repetir ese patrón, con las palabras de cada año, quejándome de todas las cosas de las que cada año me quejo. No es que esas cosas hayan cambiado o desaparecido. Al contrario, en esta ocasión han aparecido algunas variables más que de una u otra forma me están afectado de manera negativa. Pero no, no me voy a quejar. Por el contrario, creo que estas son buenas fechas para hacer un recuento del año que está acabando y ver los avances, los retrocesos, los éxitos y los fracasos que a la propia luz, hemos tenido. Cada uno hará su propio balance. Yo, por mi parte haré el mío. Me siento satisfecho. Como hace muchos años no lo sentía, creo que este año ha sido muy bueno. Terminé mis sesiones con la psiquiatra, aunque sigo con medicamento. Y con la psicóloga he iniciado una etapa de autoaceptación de la cual me sentía muy lejos hace algunos años. Con mi esposa este año creo que no estuve al bord...

Una llamada

Leonardo está despierto desde hace veinte minutos pero se resiste, sin mucho esfuerzo, a abrir los ojos. ¿Para qué? Ahí sigue el techo de tirol cuyas formas lo tienen tan aburrido como su propia vida. También ahí está la pared con el póster enmarcado de “La vendedora de alcatraces” de Diego Rivera que tanto odia. El baño sigue sucio de dos semanas, la alfombra está sembrada con bolitas de cabello, y hay una montaña de ropa sucia erigida desde tres semanas antes. ¿Para qué abrir los ojos? Tiene calor debajo de las cobijas. Seguro son más de las ocho de la mañana y es un día claro. Está boca arriba. Así amanece diario. Se duerme de lado, pero invariablemente en las mañanas despierta viendo el techo. Está cansado de lo mismo. Afuera la gente está en sus trabajos, tomando el primer café de la mañana, en el camión, en el metro rumbo a sus oficinas. Leonardo dejó de trabajar hace tres semanas. Renunció. Como en otras ocasiones, le bastó con un pequeño coraje para tom...

Qué pelea

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Esta sí que fue una pelea original. Después de más de 30 años de conocernos y creo que nunca me había dado un encontronazo de este calibre con mi propia hermana. Eso habla principalmente de dos cosas: nuestra total carencia de comunicación y el casi nulo interés que cada uno tiene por el otro.

Compulsiones

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Tengo una compulsión: olerme la mano, y luego el brazo, y a veces las piernas. No soy el único que hace eso. Lo sé. Tengo una compañera en el trabajo que hace exactamente lo mismo (al menos con las manos). No sé cuál sea su sensación, pero yo al menos, cuando lo hago, siento una poco de tranquilidad. Oler mi propio aroma me tranquiliza. Es como entrar en contacto conmigo mismo en un momento en el que desearía estar completamente solo y concentrado. En medio de la oficina, en medio de la gente, bajo la presión diaria del trabajo huelo mi mano derecha, mi mano izquierda y luego los brazos. Aspiro profundamente y alcanzo un poco de tranquilidad para acallar la tensión. Sé que no somos los únicos. He visto a más gente olerse la mano con un poco de vergüenza o de culpa porque no saben si lo que están haciendo está bien, está mal o es parte de una conducta que los pone al borde de la locura. Yo francamente tampoco lo sé. Llevo años y años haciendo lo mismo y no creo que por hacerlo es...

Escucho que...

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Me despierto. Lo primero que escucho es el rechinar de las llantas de un coche que frena poco antes de atropellar a una persona. Sé que así sucedió porque ya me pasó una vez... Bueno, no me pasó, yo hice que pasara. Me lancé al paso de un coche, pero mi plan no funcionó. Salí con algunos raspones y la frustración de ni siquiera enviar a la cárcel al conductor del auto. Al contrario, fui yo el que pasó un par de noches en los separos. Según el juez era por mi propia seguridad.