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El juego

Motita de polvo El juego Pasó mucho, mucho tiempo antes de que Motita de polvo viera a alguien. Incluso había olvidado cómo eran las personas, tanto que cuando se cruzó con una, no la reconoció. Percibió un aroma dulce y cálido. Y se sintió abrazada, cándidamente acompañada. Sin saber por qué, estaba cómoda y feliz. Miró hacia arriba pero solo observó el cielo azul inmóvil y silencioso. Pero cuando volteó hacia abajo vio a una persona que saltaba una cuerda. Cantaba una tonada que le ayudaba a llevar el ritmo con cada salto y en el suelo había un sándwich de mermelada de fresa. Motita de polvo recordó que años atrás había visto niños jugando en las calles, pero fue en otro tiempo, en otras ciudades. Era otro mundo.

¿A dónde voy a parar?

¿Pero que salida tengo? Ninguna a la vista. Nada que por ahora vislumbre. Ningún trabajo cerca, y nada ocurre en mi vida que me pueda salvar de esta mierda en la que navego. Sí antes pude tener alguna opción, ahora nada queda. Es como si estuviera a la deriva en el mar y solo viera el horizonte por todos lados. Ni una isla, ni un barco, ni un alta y lejana montaña. Nada. Solo yo y este mar de mierda. Es muy frustrante no tener a donde saltar. A donde hacerse. A quien recurrir. Y además una familia hermosa y demandante a la cual debo mantener. No sé que hacer. La lógica me dice que me debo quedarme en el trabajo. Pero mi salud mental me indica que debo huir, que debo salir ya de esta mecánica, de esta puta costumbre de apechugar, de aguantar estoico. Estoy cansado. Mucho. A veces a penas puedo pensar. A veces a penas puedo reaccionar y hacer medianamente lo que se supone es mi trabajo. Y lo odio. Ya no quiero estar más en ese trabajo. Ya no quiero más seguir en este ambiente. Los egos, ...

Quisiera escapar de la depresión

Siempre estoy huyendo. Como esperando que con la velocidad y si no volteo todo desaparecerá. O al menos se alejará de mi. Y corro, cierro los ojos. Me tapo los oídos con la esperanza de que sucedan de que realmente deje de padecer, de sufrir las consecuencias de lo que tristemente hago o dejo de hacer. Así ha sido desde que recuerdo. Tengo la sensación de que lo que se supone que soy pronto dejaré de serlo. Es decir. Engaño a todos. O eso me parece que hago, pero al final todo se sabe. Todos se dan cuenta de lo mentiroso, lo defraudador que soy. Vendo lo que no tengo y aparento lo que no soy. Así ha sido siempre. Me he vendido como una persona muy inteligente. La verdad es que no es así. Yo mismo me engaño pensando que tengo buenas ideas, que tengo creatividad. Mentira. Y soy mucho dolor por lo que no he hecho, por lo que he dejado de hacer por la maldita depresión que me tiene acabado, adormilado. Cómo pendejo. Y en eso me he convertido. En un pendejo que no hace nada. Que se queda na...

¿Y con qué dinero?

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Si a penas tengo para la renta, la comida y el transporte. Con qué dinero voy a tomar cursos de literatura, escritura creativa, nuevas narrativas inglés, superación personal y pagar además las medicinas y los médicos de los niños y mi psiquiatra y mis medicinas caras caras caras. No hay, no hay forma, no se puede. Antes de gastar un peso en un doctor, que sé qué me va a decir: que tengo que relajarme... prefiero comprarme una bolsa de papas y hacer crunch. Por cierto, por comer tantos cacahuates me jodí lo dientes y de nuevo al dentista que no es nada barato, ni agradable y pierdo tiempo que bien pudiera aprovechar viendo la tele, abstrayéndome de mi vida en ruinas. De dónde, de dónde saco más plata. Si estoy entre 12 y 16 horas metido en la oficina respondiendo cosas, preguntando otras y sin poder siquiera detenerme a pensar que afuera la vida sigue, que estoy pasando los días las semanas, los meses, los años más productivos de mi vida sentado frente a una computadora y siento que no ...

Una pila de mierda sobre mi cabeza

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A veces pienso que mi vida es como una gran pila de mierda que pende de un hilo sobre lo cabeza. Y entonces yo ando por ahí en el camino, tan campante como puede andar uno cuando el excremento más hediondo te amenaza a cada metro, a cada paso. Volteó hacia arriba, y la veo a solo un metro de distancia, pero por su olor sé que en cualquier instante eso me baña. Bastaría un soplo, un pequeño bache, un error mínimo para cagarla y quedar solo yo y mi gran pila de mierda. O peor aún, que cualquier persona ajena a mi vida, o incluso las más cercanas, llegue y le tiren una pedrada para que le caiga encima y solo se queden ahí parados para reírse mientras me hundo en la porquería. Qué mierda vivir así.

Acá sigo, dando tumbos y pena

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No me queda de otra. Acá sigo, sobreviviendo la vida, llevándola lo menos mal que puedo, aunque a veces de verdad es un milagro que no me encierre en el cuarto y que quede a dormir todo el día. La razón principal para que no lo haga es que los niños me lo impiden y mi esposa que saca a patadas. A penas amanece, los tres me sacan de la cama para lanzarme a la rutina a veces ya insoportable del trabajo, el trabajo, el trabajo.  Estoy cansado. Mucho. Estoy fundido. Si en la oficina no me quedo dormido sobre el teclado de la computadora es porque a mi jefa la tengo a sólo dos metros de distancia y a otros dos tengo a la secretaria, además de las decenas que compañeros que me observan a través de los malditos cristales. Ignoro cómo eran las oficinas de antes que no tenían vidrios, no eran las peceras de ahora que todo lo dejan ver: las miserias y las vergüenzas... Todo a la vista de todos para que pueda juzgarse y criticarse... Casi nadie aplaude o felicita cuando hay algún acier...

El ir y venir de un bipolar

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Lo siento por mí. Pero lo siento sobre todo por mi esposa que lleva muchos, muchos años pasando una y otra vez por lo mismo. No imagino lo aburrido y frustrante, lo desgastante y preocupante que debe ser pensar "a ver en qué momento se vuelve a deprimir este güey". "Ya viene Navidad y seguro se vuelve a tirar a la mierda". "Ya pasaron tres meses de haber iniciado su nuevo trabajo, ya casi le llega el bajón". Y luego, cuando sucede que me llega la depresión, cuando sucede que me deprimo, que me escucha por el teléfono triste, a punto de tirarme por el puente, debe ser todavía más complicado. Mantener la calma para no insultarme, para no encabronarse conmigo por volver a caer en la puta depresión. Y ya en la casa, mantener el mejor tono de voz, la mejor para para hacerme sentir que todo estará bien. Y yo entonces despotrico, una vez más contra el mundo, contra la vida, contra mi vida, contra el trabajo, la inseguridad, la mugre de la ciudad, la basura de g...