18 jun. 2015

¿Dejé a mi psiquiatra en una caja?

La mudanza ha sido un desmadre. Todo: de principio a fin.  Bueno, el viaje no, de hecho fue muy tranquilo, pero apenas llegué a mi departamento, supe que serían largos días con muchos gastos económicos y emocionales.
 
Llevo una semana aquí y la mitad de nuestras cosas siguen regadas por esta miniatura de casa.  Para encontrar mi cepillo de dientes fue un búsqueda de horas, mi vecino se droga en la calle, en las mañanas en las calles se ven prostitutas y prostitutos que regresan de trabajar, no tenemos cocina, el cuarto de mi hijo huele a caca de perro y no tengo trabajo. 
 
Lo que tengo, y mucho, es miedo.

26 may. 2015

Me despidieron

Duré casi siete años es este trabajo.  Es en el que más tiempo he durado, el que más  me ha exigido, el que más  disfruté, en el que más crecí  profesional  y personalmente y el que,  al final,  resultó  ser también el más decepcionante. 

Pero así  es la vida. Nada es para siempre,  no tenemos asegurada la vida para mañana y la chamba tampoco es una certeza universal. Lo que ahora me pone a mí y a mi familia en una situación precaria y novedosa. 

Hacia poco más de 8 años que no estaba desempleado. Aquella ocasión no tenía hijo,  prácticamente me acababa de casar, y no había tenido  las experiencias que ahora  tengo. Creo que estaba en desventaja.

Hoy las cosas son muy diferentes. Tengo, quizás, más  estabilidad emocional, una experiencia tanto de vida como profesional que me permite tener un poco más  de seguridad y de tranquilidad frente al futuro.

No lo niego: tengo temor y expectativa frente a lo que pueda suceder, me preocupa la situación  económica de la familia, pero, por alguna razón, sé que se arreglará sin tanto sufrimiento.

Por ahora estoy un poco varado en esta casa, en esta ciudad, esperando a que me resuelvan mi estatus frente a algunas cuestiones, pero una vez que se resuelvan a mi favor o en mi contra, podré partir rumbo al futuro... Cualquiera que este sea.

8 may. 2014

De vuelta al psiquiatra

Hoy no fui a trabajar. La razón: estoy deprimido. No lo quería ver, pero es cierto. Llevaba días con una energía tan baja que apenas me daba para levantarme, medio trabajar y regresar a casa. Nada más. En la oficina estoy más distraído y ausente que nunca. No sé dónde estoy, ni para qué estoy ahí. Es la historia de siempre. 

Pero no quería aceptarlo. Quería pensar que con un buen descanso las cosas iban a mejorar. Si como más nueces y unas pastillas de DHA todo irá mejor. Mentira. Llegué de nuevo a un extremo en el que mi esposa me sacude dolorosamente para enviarme directo al pisquiatra.

Yo no quiero ir. Voy a perder tiempo y dinero. Sobre todo dinero. En esta isla bajo el dominio del dolar todo es muy caro y la salud es un negocio millonario. No quiero ir, pero es necesario.

Mi vida parece estar de nuevo al borde de un vuelco, de otro cambio radical, de nuevos retos profesionales y personales y no me puedo dar el lujo de llegar a ese puerto medio dormido, sin ganas de nada y con la cabeza vacía. Por que es así como me siento. Vacío.

Pero eso ya se sabe. Así es la depresión. Uno sabe que está vivo por el hambre, el calor o el frío, pero por dentro uno siente la nada que se apodera de una mente liviana y endeble.

Y muy allá, con unos poderosos gritos y una sonrisa infalible, está mi pequeño hijo que hoy cumple ocho meses. Que me exige tanta atención, que me da tanta satisfacción y me provoca un amor tan y tan profundo... El chamaquito es un encanto que cada vez que me sonríe, siento rompo el cielo.

Por eso no me puedo dejar caer. Por él y por mi esposa que se empeña tanto en no dejarme, en amarme y soportar mis altibajos... Este año cumplimos nueve años de casados. Y no ha habido uno de ellos en que no tengamos problemas por mi enfermedad. En serio me ama (espero).

El lunes, de nuevo al doctor, a revivir viejos episodios, a explicar mi condición y a rogar que las medicinas no sean tan caras... Espero que al menos tengan buen efecto.

1 ene. 2014

2014, ahí voy...

Comienzo este 2014 haciendo tres de las cosas que más disfruto en la vida: escribir, platicar con mi esposa y salir a pasear por la ciudad. Solo me faltó trabajar, pero eso ya lo hago mañana y no pararé en todo el año.

Si 2013 fue un año lleno de cosas buenas, espero que 2014 sea todavía mejor. Al menos para ser el primer día,  fue muy bueno.

Para este año,  como para muchos de los anteriores, no tengo propósitos específicos.  Solo tengo en mente un par de cosas con las que estoy comprometido: terminar de escribir las historias que estoy trazando e intentar publicar más. Eso por el lado de la escritura.

En lo personal intentaré retomar la terapia psiquiátrica, aunque depende mucho de mi condición economica y de salud...

Como sea, creo que será un gran año. Espero que para ti también lo sea.

17 dic. 2013

Aceptarse bipolar y punto


Tengo un problema... bueno, de hecho, tengo muchos y de diferentes tamaños.  Incluso podría colocarlos en el clóset y llenar cada uno de los espacios: grandes y pequeños. Pero siempre hay uno o dos que son recurrentes y son también los que más molestan. En esta ocasión voy a platicar sobre la cuestión de la autoaceptación.
 
Como dije, tengo un problema: no he podido aceptar algo que, al parecer, sí soy. En mi caso, tengo que aceptar que no soy una persona normal. Soy bipolar tipo 2 y soy una especie de escritor frustrado. Esos son mis dos cosas que no alcanzo a aceptar. Lo traigo a colación por una anécdota.

Este fin de semana tuve un encuentro con un indigente. Era una especie de adivino - psicólogo - demente. Estuvo hablando con nosotros (mi esposa y yo) durante varios minutos en la banca de un centro comercial. Yo al principio estaba asustado porque no sabía bien qué tipo de loco indigente era... Una vez que me di cuenta de que era inofensivo, pude escucharlo con un poco de más atención. En su monólogo, que era imparable, escupió así porque sí, que era bipolar. Al menos eso creí entender.

Antes de eso yo le había preguntado a qué se dedicaba. Entonces arrojó que había sido paramédico, miembro de la mafia y adicto al crack ("aquí me quemé", dijo mientras mostraba una cicatriz invisible debajo del ojo). Anadió que llevaba 21 años de abstinencia sexual ("me masturbo", acotó).

Entonces dijo que era bipolar y yo me puse alerta.

Noté entonces sus ojos casi desorbitados y ese chorro de palabras que salían a borbotones. Tenía ese tono bajito que muchos usan en estas tierras, pero no paraba de hablar y de gesticular.

Vive bajo un puente y recibe ayuda del gobierno por 600 dólares cada mes. Con eso, dice, le alcanza para comer, tomar cerveza y ayudar a su sobrino. Le encantan los bebés. Me puse alerta de nuevo. De su cuello colgaba un par de chupones (bobos, chupetes) junto con dos aromatizantes para auto con forma de pino... Mi esposa arrullaba a mi hijo de tres meses que dormitaba luego de haber comido y recibir medicina para el dolor. Me preocupé por la seguridad del pequeño. El indigente dijo que le gustaba cargar a los nenes, cambiarles el pañal, darles de comer... En serio me puse nervioso...

Luego detrás de él pasó un guardia de seguridad que me sonrió socarronamente. Supe entonces que era conocido de la plaza e inofensivo. Tardó unos minutos más hablando con nosotros, diciendo que nos veía envejeciendo juntos y cuidando al niño. Se despidió y se fue, no sin antes cantarle a viva voz a tres chicas que se cruzaron en su camino pidiéndoles un beso... Todo un personaje.

Este sujeto probablemente estuvo bajo tratamiento algún tiempo y luego lo dejó, quizás no... No lo sé. En algún momento de su discurso imparable y a veces inaudible, dijo la razón por la cual no se suicida. Me gustaría haber comprendido lo que dijo. Creo que mencionó algo de Dios y el amor a la vida. Debe ser eso y sólo eso lo que mantiene en este mundo a una persona así.
 
No tengo lástima por él. Es un sentimiento que siempre me ha parecido un poco detestable, además, es un tipo inteligente y parece consciente de lo que hace. Podría decir incluso que un poco culto, al menos con esa sabiduría que la calle le da a muchos de los que en ella sobreviven.
 
Más bien me da pie a reflexionar acerca de la aceptación de mi condición, la fuerza y la entereza que debo tener para no caer, para no dejar que mi vida se vaya tan al carajo como parece que le sucedió a él. Dejé el tratamiento hace  un año y con todo y los tremendos cambios y retos a los que me he enfrentado este año, he estado bien, me he mantenido estable.
 
Sólo quisiera tener la fuerza y la inteligencia para no perder el ritmo, el piso, el ánimo, la cordura. Eso en cuanto a mi primer problema

Sobre el segundo, el de ser un escritor frustrado... tengo que decir que estoy trabajando en ello. Un día lo acepto y digo que lo haré público y por la noche me arrepiento... Pero sigo intentando.
 

8 dic. 2013

Síntomas del trastorno bipolar

Ya los he mencionado en alguna otra ocasión, pero no está de más recordarlos.


Síntomas de un episodio de maníaSíntomas de un episodio de depresión
Cambios de humor

Un largo periodo de sentirse "activado" o muy feliz o de un humor muy extrovertido. Extrema irritabilidad.
Cambios de humor

Un largo periodo de sentirse triste o sin esperanza. Pérdida de interés en las actividades que antes disfrutaba, incluyendo el sexo.
Cambios de comportamiento

Hablan muy rápido, saltan de una idea a otra, tienen pensamientos de manera acelerada. Se distraen con facilidad. Incrementan su actividad y comienzan nuevos proyectos. Duermen poco y no se sienten cansados. Tiene pensamientos irreales acerca de su propias habilidades. Se comportan de manera impulsiva y toman actitudes de alto riesgo.
Cambios comportamiento

Se sienten cansados o bajo de energía. Tiene problemas para concentrarse, recordar cosas, y tomar decisiones. Se ponen irritables. Cambian sus hábitos de comer y dormir, entre otros. Tienen pensamientos sobre la muerte o intentos de suicidio.

Fuente: http://www.nimh.nih.gov/health/topics/bipolar-disorder/index.shtml

28 nov. 2013

Así las cosas

He abandonado este espacio, como siempre lo hago. Pero ahora tengo una razón de peso. Hace ya casi tres meses que nació mi primer hijo. El parto fue largo y complicado, pero al final el bebé salió bien y mi esposa se ha recuperado rápidamente de un parto doloroso.
¿Qué tiene que ver la llegada de mi hijo con mi bipolaridad? Parece una cuestión obvia, pero de todas maneras creo que tengo que escribirlo.
 
Mi hijo nació con una condición especial en su mano izquierda. Por alguna razón desconocida, cuatro deditos no se le desarrollaron del todo, sólo tiene el dedo pulgar completo. De ahí en fuera, el niño es fuerte y sano como el que más. Es un poco neurótico, pero eso se entiende por los padres que le tocaron.
 
En ese primer momento que lo vi, apenas unos segundos después de salir del interior de su madre, supe que mi hijo tendrá una vida un poco más complicada que muchos de nosotros que no tenemos una condición física diferente.
 
No lo voy a negar. Las horas siguientes fueron contradictorias. Por un lado estaba feliz de la llegada de mi hijo, pero estaba triste porque tendrá que pasar por algunos sufrimientos extras... 
 
Llegué incluso a reclamarle a Dios por darle a mi hijo esa condición... Me desahogué y luego simplemente le di las gracias por enviarme un hijo que ahora, ya casi con tres meses, es bello y muy sano (en ese momento era solo muy sano...).
 
Estos tres meses han significado un vuelco en mi vida. No sólo he tenido que aprender a vivir y cuidar a esta personita sino que he descubierto que puedo llegar a sentir un amor y una admiración profunda por mi hijo. Me veo ahora no sólo como un sujeto que vive con su esposa y trabaja en la oficina, sino como un padre (cualquier cosa que eso signifique). Y la verdad es que me encanta, me fascina. La sola idea de pensar que tengo frente a mi la posibilidad de guiar a una persona, de comunicarle lo poco o mucho que he aprendido de esta vida en mis 33 años de experiencia y crecer y seguir aprendiendo de él y con él... eso me llena de entusiasmo e ilusión. 
 
Sé que la bipolaridad es como la marea que sube y que baja. Sé que quizás esté en una etapa hipomaniaca, que me durará poco y que luego vendrá la depresión. Sé que eso puede pasar, es inevitable con mi condición. Pero también tengo la esperanza de que este ánimo permanezca, que el amor tan grande que siento por él nunca desaparezca y me dé la fuerza y el empuje para hacer las cosas que tengo que hacer.
 
Tengo esta ilusión y sólo espero que el tiempo me lo confirme.

6 jul. 2013

Vagancias

Nunca nada es suficiente. Bajo ninguna condición. Más si se trata de dinero, pero eso es obvio. Si uno tiene un poco de felicidad, busca más. Lo mismo pasa con la tristeza que sin buscarla, se vuelve adictiva. A mí me pasa ahora con el tiempo libre. Tengo unas horas, quizás unos días y me encuentro tirándolos al caño. Como si la vida me fuera a regalar más de estos momentos. Y para recordarme que no es así, un dolor de cabeza incisivo que no me tumba, pero tampoco me deja. De esas pequeñas espinas que se clavan en los dedos, que no duelen, pero no dejan manejar, escribir, abrir la puerta...
Una pequeña felicidad no es nada si se compara con las posibilidades que se abren cuando la imaginación se excita. Drenarse y volverse a llenar. Así pasan los días en el trabajo, en la casa, en la mente. Por la mañana el día parece un cerro empinado y espinoso. Conforme se va acercando la noche y las cosas van pasando, el cerro se va cubriendo de esa luz naranja y cálida de los atardeceres y es entones más soportable. Cuando se oscurece, todo es más claro, más reconocible. Y sí, será igual al día siguiente.
 
Maldito dolor de cabeza que no me deja concentrarme y esos gallos con el huso horario dañado... Que alguien ponga una bomba en la gallera. 

11 jun. 2013

Ciclotimia en el Caribe

Me dice mi esposa que en los últimos meses he tenido algunos pequeños desplantes de depresión e hipomanía. Nada grave. Yo la verdad no los recuerdo, no los he notado. Pero claro, no es raro.

Tengo varios meses tan ocupado tratando de concentrarme para trabajar, intentando entender la realidad de un país ajeno y adecuarme a una ciudad desconocida, que he descuidado mis reacciones. No las he visto. Y es que no tengo las grandes depresiones ni los desplantes neuróticos que tenía hace años. Espero que todo eso ya haya pasado para ya no regresar. En esos días yo tomaba medicinas e iba al psicólogo y al psiquiatra. Hoy estoy solo, sin medicinas y sin terapia. A pesar de eso y de esperar un bebé, me he mantenido muy tranquilo, muy estable.

Me dice mi esposa que de repente le preocupa que por la mañanas me tarde tanto en levantarme, que tenga sueño durante todo el día y que de repente las palabras tardan en caerme desde la cabeza hasta la lengua. Le preocupa, por otro lado, que hay días en los que estoy irritable, hablo con cierto coraje y manejo de forma agresiva en esta ciudad donde la cortesía manda en las calles. Lo repito: yo no lo he notado.

Habría notado, por otra parte, si un día le hubiera gritado sin razón, o si de plano, una mañana hubiera preferido quedarme en cama antes que ir a la oficina... Pero no, nada de eso ha pasado.

Ayer platicábamos de eso. Yo no sé qué decirle. Sólo puedo pensar que mi bipolaridad ha mutado, igual que yo. Puedo decir que yo he cambiado en los últimos 10 años, tanto que si yo me encontrara al Chak de 2003, le pondría un par de chingadazos (golpes, disculparán mi español chilango).

Ella me dice que es porque he madurado. Quizás es cierto. Sin duda hoy soy más capaz de enfrentar retos como mudarme de país, tener gente a mi cargo y esperar un pequeño bebé. Espero ser lo suficientemente maduro como para criarlo, educarlo y mantenerlo. Pero bueno, en eso creo que ambos iremos aprendiendo. No hay de otra en esto de la paternidad.

Esta es mi pequeña historia. Una reflexión de cómo he vivido mi enfermedad en los últimos meses, en los últimos días. Pero antes que un paciente bipolar, soy un lector de historias. Soy un navegante que elige y descarta. Por eso, si tienes una anécdota que consideras importante compartir acerca de la bipolaridad, no dudes en contarla aquí en los comentarios o mándame un correo y quizás más adelante lo retomaré en este espacio.

3 may. 2013

Cucarachas

Tengo 32 años, y siempre había vivido en la Ciudad de México donde estos inmundos insectos son comunes sobre todo en calles del centro histórico, tiraderos de basura y casas en las que la limpieza no es una prioridad.

Nunca había tenido que compartir el piso, las gavetas, el baño, la sala, el refrigerador, el clóset y hasta la cama con ellas. Pero apenas llegué a San Juan tuve que adaptarme a ellas. No es que me espante de que mientras coma en la mesa de mi departamento tenga que espantar a las cucarachas de la mesa, ni que me llene de terror que uno de estos insectos recorra con sus patitas el cuerpo de mi esposa mientras duerme, tampoco es que me sea muy incómodo servirle a mi mujer de guardia mientras cocina para que ningún bicho se acerque a su mesa de trabajo, no nada de eso. Son nimiedades que, al parecer en esta tierra son normales.

Cuando comenté a gente de la isla la situación que estaba viviendo en casa con estos seres, la respuesta común que recibí fue un simple "uhmm", acompañada de una mirada de incredulidad que me echaba en cara la poca tolerancia a los tan (aparentemente) queridas mascotas locales.

En el fondo, lo puedo leer en sus miradas, piensan que este par de mexicanos son pedantes y mamones. Yo solo creo que somos limpios y le tenemos un profundo respeto a la salud y un ambiente medianamente sano para pasar la vida.

En los pocos meses que tengo viviendo acá he conocido a profundidad cuatro departamentos, dos de ellos con cucarachas y los otros dos sin rastro de ellas. Eso me hace creer que hay una esperanza de que una parte de la población isleña le tiene la misma aberración que yo y que mantiene las medidas de sanidad necesarias para que la casa sea de ellos y no de las cucarachas.

En este punto del relato tengo que decir que por días, quizás semanas, llegué a pensar que las malditas se reían de mi, escondidas en algún rincón sucio, oscuro y húmedo de la cocina. Las imaginaba tramando su próxima aparición, planeado el momento justo, cuando tomaba el tenedor y llevarlo a la boca para entonces salir corriendo de su escondite y atravesar justo enfrente de mi para provocarme la náusea, el vómito. No lo lograron. Lo intentaron, pero no lo concretaron.

Lo más cerca que estuvieron fue una mañana en la que, descuidadamente moví en la mesa de la cocina la tapa de una coladera de metal que mi esposa había lavado y desinfectado para cambiarla por otra nueva. Había estado inmóvil por varios días y accidentalmente la moví. Vi una pequeña cucaracha a la que maté con una servilleta húmeda con agua y jabón. Empujado por la curiosidad, moví la coladera y salieron un par más de insectos del mismo tamaño. Las maté también. Ya seguro de que algo andaba mal con esa tapa, la levanté dejando escapar a toda una pequeña familia de cucarachitas que intentaban escapar por la mesa a toda velocidad. El agua jabonosa se los impidió y las maté una por una. Después del número 15 perdí la cuenta.

Una vez que terminé la masacre, vi de donde procedían. Un huevo había sido depositado bajo la tapa. Un sólo huevo y habían salido 20 o 30 asquerosos seres. Esa mañana mi esposa y yo desayunamos en silencio y cabizbajos. Teníamos una mezcla de asco, terror, coraje e impotencia.

Durante las dos semanas siguientes la cacería continúo. No pasaba un día sin que en la pared, en el piso, en el baño, en la mesa, en la cocina, en la recámara, en prácticamente todo el departamento matábamos a una o dos. El punto más grave fue un par de días en que, apenas encendíamos la estufa eléctrica y comenzaba a agarrar calor, los pequeños rastreros salían de debajo de los calentadores. Era como si de pronto la temperatura las quemara y decidieran salir a jugarse la vida sobre la mesa antes que morir quemadas. Pero afuera ya estaba yo, preparado con un trapo lleno de agua con jabón para atraparlas y matarlas. Cocinar y comer se ha convertido en una suerte de lucha de territorio. Humanos contra cucarachas.
 
Llevamos dos semanas de tregua. Algo les ha pasado que no se manifiestan como antes. No creo que estén muertas. Tampoco creo que se hayan ido. Más bien pienso que están en su rincón, analizando nuestros pasos, nuestros hábitos, nuestros gustos, nuestras fobias, nuestros temores. Las imagino preparando un ejército, reproduciéndose de forma masiva, entrenando para esquivar zapatos, aprendiendo a respirar bajo el agua, fortaleciendo sus esqueletos para soportar aplastamientos. Comer y correr, camuflaje, zigzagueo, trabajo en equipo, espionaje e inteligencia.

Temo por mi esposa y mi hijo en gestación. Quizás sean ellos dos el objetivo de este macabro ejército de cucarachas que se alista para una venganza.

Yo espero y me alisto.