8 de may. de 2014

De vuelta al psiquiatra

Hoy no fui a trabajar. La razón: estoy deprimido. No lo quería ver, pero es cierto. Llevaba días con una energía tan baja que apenas me daba para levantarme, medio trabajar y regresar a casa. Nada más. En la oficina estoy más distraído y ausente que nunca. No sé dónde estoy, ni para qué estoy ahí. Es la historia de siempre. 

Pero no quería aceptarlo. Quería pensar que con un buen descanso las cosas iban a mejorar. Si como más nueces y unas pastillas de DHA todo irá mejor. Mentira. Llegué de nuevo a un extremo en el que mi esposa me sacude dolorosamente para enviarme directo al pisquiatra.

Yo no quiero ir. Voy a perder tiempo y dinero. Sobre todo dinero. En esta isla bajo el dominio del dolar todo es muy caro y la salud es un negocio millonario. No quiero ir, pero es necesario.

Mi vida parece estar de nuevo al borde de un vuelco, de otro cambio radical, de nuevos retos profesionales y personales y no me puedo dar el lujo de llegar a ese puerto medio dormido, sin ganas de nada y con la cabeza vacía. Por que es así como me siento. Vacío.

Pero eso ya se sabe. Así es la depresión. Uno sabe que está vivo por el hambre, el calor o el frío, pero por dentro uno siente la nada que se apodera de una mente liviana y endeble.

Y muy allá, con unos poderosos gritos y una sonrisa infalible, está mi pequeño hijo que hoy cumple ocho meses. Que me exige tanta atención, que me da tanta satisfacción y me provoca un amor tan y tan profundo... El chamaquito es un encanto que cada vez que me sonríe, siento rompo el cielo.

Por eso no me puedo dejar caer. Por él y por mi esposa que se empeña tanto en no dejarme, en amarme y soportar mis altibajos... Este año cumplimos nueve años de casados. Y no ha habido uno de ellos en que no tengamos problemas por mi enfermedad. En serio me ama (espero).

El lunes, de nuevo al doctor, a revivir viejos episodios, a explicar mi condición y a rogar que las medicinas no sean tan caras... Espero que al menos tengan buen efecto.

1 de ene. de 2014

2014, ahí voy...

Comienzo este 2014 haciendo tres de las cosas que más disfruto en la vida: escribir, platicar con mi esposa y salir a pasear por la ciudad. Solo me faltó trabajar, pero eso ya lo hago mañana y no pararé en todo el año.

Si 2013 fue un año lleno de cosas buenas, espero que 2014 sea todavía mejor. Al menos para ser el primer día,  fue muy bueno.

Para este año,  como para muchos de los anteriores, no tengo propósitos específicos.  Solo tengo en mente un par de cosas con las que estoy comprometido: terminar de escribir las historias que estoy trazando e intentar publicar más. Eso por el lado de la escritura.

En lo personal intentaré retomar la terapia psiquiátrica, aunque depende mucho de mi condición economica y de salud...

Como sea, creo que será un gran año. Espero que para ti también lo sea.

17 de dic. de 2013

Aceptarse bipolar y punto


Tengo un problema... bueno, de hecho, tengo muchos y de diferentes tamaños.  Incluso podría colocarlos en el clóset y llenar cada uno de los espacios: grandes y pequeños. Pero siempre hay uno o dos que son recurrentes y son también los que más molestan. En esta ocasión voy a platicar sobre la cuestión de la autoaceptación.
 
Como dije, tengo un problema: no he podido aceptar algo que, al parecer, sí soy. En mi caso, tengo que aceptar que no soy una persona normal. Soy bipolar tipo 2 y soy una especie de escritor frustrado. Esos son mis dos cosas que no alcanzo a aceptar. Lo traigo a colación por una anécdota.

Este fin de semana tuve un encuentro con un indigente. Era una especie de adivino - psicólogo - demente. Estuvo hablando con nosotros (mi esposa y yo) durante varios minutos en la banca de un centro comercial. Yo al principio estaba asustado porque no sabía bien qué tipo de loco indigente era... Una vez que me di cuenta de que era inofensivo, pude escucharlo con un poco de más atención. En su monólogo, que era imparable, escupió así porque sí, que era bipolar. Al menos eso creí entender.

Antes de eso yo le había preguntado a qué se dedicaba. Entonces arrojó que había sido paramédico, miembro de la mafia y adicto al crack ("aquí me quemé", dijo mientras mostraba una cicatriz invisible debajo del ojo). Anadió que llevaba 21 años de abstinencia sexual ("me masturbo", acotó).

Entonces dijo que era bipolar y yo me puse alerta.

Noté entonces sus ojos casi desorbitados y ese chorro de palabras que salían a borbotones. Tenía ese tono bajito que muchos usan en estas tierras, pero no paraba de hablar y de gesticular.

Vive bajo un puente y recibe ayuda del gobierno por 600 dólares cada mes. Con eso, dice, le alcanza para comer, tomar cerveza y ayudar a su sobrino. Le encantan los bebés. Me puse alerta de nuevo. De su cuello colgaba un par de chupones (bobos, chupetes) junto con dos aromatizantes para auto con forma de pino... Mi esposa arrullaba a mi hijo de tres meses que dormitaba luego de haber comido y recibir medicina para el dolor. Me preocupé por la seguridad del pequeño. El indigente dijo que le gustaba cargar a los nenes, cambiarles el pañal, darles de comer... En serio me puse nervioso...

Luego detrás de él pasó un guardia de seguridad que me sonrió socarronamente. Supe entonces que era conocido de la plaza e inofensivo. Tardó unos minutos más hablando con nosotros, diciendo que nos veía envejeciendo juntos y cuidando al niño. Se despidió y se fue, no sin antes cantarle a viva voz a tres chicas que se cruzaron en su camino pidiéndoles un beso... Todo un personaje.

Este sujeto probablemente estuvo bajo tratamiento algún tiempo y luego lo dejó, quizás no... No lo sé. En algún momento de su discurso imparable y a veces inaudible, dijo la razón por la cual no se suicida. Me gustaría haber comprendido lo que dijo. Creo que mencionó algo de Dios y el amor a la vida. Debe ser eso y sólo eso lo que mantiene en este mundo a una persona así.
 
No tengo lástima por él. Es un sentimiento que siempre me ha parecido un poco detestable, además, es un tipo inteligente y parece consciente de lo que hace. Podría decir incluso que un poco culto, al menos con esa sabiduría que la calle le da a muchos de los que en ella sobreviven.
 
Más bien me da pie a reflexionar acerca de la aceptación de mi condición, la fuerza y la entereza que debo tener para no caer, para no dejar que mi vida se vaya tan al carajo como parece que le sucedió a él. Dejé el tratamiento hace  un año y con todo y los tremendos cambios y retos a los que me he enfrentado este año, he estado bien, me he mantenido estable.
 
Sólo quisiera tener la fuerza y la inteligencia para no perder el ritmo, el piso, el ánimo, la cordura. Eso en cuanto a mi primer problema

Sobre el segundo, el de ser un escritor frustrado... tengo que decir que estoy trabajando en ello. Un día lo acepto y digo que lo haré público y por la noche me arrepiento... Pero sigo intentando.
 

8 de dic. de 2013

Síntomas del trastorno bipolar

Ya los he mencionado en alguna otra ocasión, pero no está de más recordarlos.


Síntomas de un episodio de maníaSíntomas de un episodio de depresión
Cambios de humor

Un largo periodo de sentirse "activado" o muy feliz o de un humor muy extrovertido. Extrema irritabilidad.
Cambios de humor

Un largo periodo de sentirse triste o sin esperanza. Pérdida de interés en las actividades que antes disfrutaba, incluyendo el sexo.
Cambios de comportamiento

Hablan muy rápido, saltan de una idea a otra, tienen pensamientos de manera acelerada. Se distraen con facilidad. Incrementan su actividad y comienzan nuevos proyectos. Duermen poco y no se sienten cansados. Tiene pensamientos irreales acerca de su propias habilidades. Se comportan de manera impulsiva y toman actitudes de alto riesgo.
Cambios comportamiento

Se sienten cansados o bajo de energía. Tiene problemas para concentrarse, recordar cosas, y tomar decisiones. Se ponen irritables. Cambian sus hábitos de comer y dormir, entre otros. Tienen pensamientos sobre la muerte o intentos de suicidio.

Fuente: http://www.nimh.nih.gov/health/topics/bipolar-disorder/index.shtml

28 de nov. de 2013

Así las cosas

He abandonado este espacio, como siempre lo hago. Pero ahora tengo una razón de peso. Hace ya casi tres meses que nació mi primer hijo. El parto fue largo y complicado, pero al final el bebé salió bien y mi esposa se ha recuperado rápidamente de un parto doloroso.
¿Qué tiene que ver la llegada de mi hijo con mi bipolaridad? Parece una cuestión obvia, pero de todas maneras creo que tengo que escribirlo.
 
Mi hijo nació con una condición especial en su mano izquierda. Por alguna razón desconocida, cuatro deditos no se le desarrollaron del todo, sólo tiene el dedo pulgar completo. De ahí en fuera, el niño es fuerte y sano como el que más. Es un poco neurótico, pero eso se entiende por los padres que le tocaron.
 
En ese primer momento que lo vi, apenas unos segundos después de salir del interior de su madre, supe que mi hijo tendrá una vida un poco más complicada que muchos de nosotros que no tenemos una condición física diferente.
 
No lo voy a negar. Las horas siguientes fueron contradictorias. Por un lado estaba feliz de la llegada de mi hijo, pero estaba triste porque tendrá que pasar por algunos sufrimientos extras... 
 
Llegué incluso a reclamarle a Dios por darle a mi hijo esa condición... Me desahogué y luego simplemente le di las gracias por enviarme un hijo que ahora, ya casi con tres meses, es bello y muy sano (en ese momento era solo muy sano...).
 
Estos tres meses han significado un vuelco en mi vida. No sólo he tenido que aprender a vivir y cuidar a esta personita sino que he descubierto que puedo llegar a sentir un amor y una admiración profunda por mi hijo. Me veo ahora no sólo como un sujeto que vive con su esposa y trabaja en la oficina, sino como un padre (cualquier cosa que eso signifique). Y la verdad es que me encanta, me fascina. La sola idea de pensar que tengo frente a mi la posibilidad de guiar a una persona, de comunicarle lo poco o mucho que he aprendido de esta vida en mis 33 años de experiencia y crecer y seguir aprendiendo de él y con él... eso me llena de entusiasmo e ilusión. 
 
Sé que la bipolaridad es como la marea que sube y que baja. Sé que quizás esté en una etapa hipomaniaca, que me durará poco y que luego vendrá la depresión. Sé que eso puede pasar, es inevitable con mi condición. Pero también tengo la esperanza de que este ánimo permanezca, que el amor tan grande que siento por él nunca desaparezca y me dé la fuerza y el empuje para hacer las cosas que tengo que hacer.
 
Tengo esta ilusión y sólo espero que el tiempo me lo confirme.

6 de jul. de 2013

Vagancias

Nunca nada es suficiente. Bajo ninguna condición. Más si se trata de dinero, pero eso es obvio. Si uno tiene un poco de felicidad, busca más. Lo mismo pasa con la tristeza que sin buscarla, se vuelve adictiva. A mí me pasa ahora con el tiempo libre. Tengo unas horas, quizás unos días y me encuentro tirándolos al caño. Como si la vida me fuera a regalar más de estos momentos. Y para recordarme que no es así, un dolor de cabeza incisivo que no me tumba, pero tampoco me deja. De esas pequeñas espinas que se clavan en los dedos, que no duelen, pero no dejan manejar, escribir, abrir la puerta...
Una pequeña felicidad no es nada si se compara con las posibilidades que se abren cuando la imaginación se excita. Drenarse y volverse a llenar. Así pasan los días en el trabajo, en la casa, en la mente. Por la mañana el día parece un cerro empinado y espinoso. Conforme se va acercando la noche y las cosas van pasando, el cerro se va cubriendo de esa luz naranja y cálida de los atardeceres y es entones más soportable. Cuando se oscurece, todo es más claro, más reconocible. Y sí, será igual al día siguiente.
 
Maldito dolor de cabeza que no me deja concentrarme y esos gallos con el huso horario dañado... Que alguien ponga una bomba en la gallera. 

11 de jun. de 2013

Ciclotimia en el Caribe

Me dice mi esposa que en los últimos meses he tenido algunos pequeños desplantes de depresión e hipomanía. Nada grave. Yo la verdad no los recuerdo, no los he notado. Pero claro, no es raro.

Tengo varios meses tan ocupado tratando de concentrarme para trabajar, intentando entender la realidad de un país ajeno y adecuarme a una ciudad desconocida, que he descuidado mis reacciones. No las he visto. Y es que no tengo las grandes depresiones ni los desplantes neuróticos que tenía hace años. Espero que todo eso ya haya pasado para ya no regresar. En esos días yo tomaba medicinas e iba al psicólogo y al psiquiatra. Hoy estoy solo, sin medicinas y sin terapia. A pesar de eso y de esperar un bebé, me he mantenido muy tranquilo, muy estable.

Me dice mi esposa que de repente le preocupa que por la mañanas me tarde tanto en levantarme, que tenga sueño durante todo el día y que de repente las palabras tardan en caerme desde la cabeza hasta la lengua. Le preocupa, por otro lado, que hay días en los que estoy irritable, hablo con cierto coraje y manejo de forma agresiva en esta ciudad donde la cortesía manda en las calles. Lo repito: yo no lo he notado.

Habría notado, por otra parte, si un día le hubiera gritado sin razón, o si de plano, una mañana hubiera preferido quedarme en cama antes que ir a la oficina... Pero no, nada de eso ha pasado.

Ayer platicábamos de eso. Yo no sé qué decirle. Sólo puedo pensar que mi bipolaridad ha mutado, igual que yo. Puedo decir que yo he cambiado en los últimos 10 años, tanto que si yo me encontrara al Chak de 2003, le pondría un par de chingadazos (golpes, disculparán mi español chilango).

Ella me dice que es porque he madurado. Quizás es cierto. Sin duda hoy soy más capaz de enfrentar retos como mudarme de país, tener gente a mi cargo y esperar un pequeño bebé. Espero ser lo suficientemente maduro como para criarlo, educarlo y mantenerlo. Pero bueno, en eso creo que ambos iremos aprendiendo. No hay de otra en esto de la paternidad.

Esta es mi pequeña historia. Una reflexión de cómo he vivido mi enfermedad en los últimos meses, en los últimos días. Pero antes que un paciente bipolar, soy un lector de historias. Soy un navegante que elige y descarta. Por eso, si tienes una anécdota que consideras importante compartir acerca de la bipolaridad, no dudes en contarla aquí en los comentarios o mándame un correo y quizás más adelante lo retomaré en este espacio.

3 de may. de 2013

Cucarachas

Tengo 32 años, y siempre había vivido en la Ciudad de México donde estos inmundos insectos son comunes sobre todo en calles del centro histórico, tiraderos de basura y casas en las que la limpieza no es una prioridad.

Nunca había tenido que compartir el piso, las gavetas, el baño, la sala, el refrigerador, el clóset y hasta la cama con ellas. Pero apenas llegué a San Juan tuve que adaptarme a ellas. No es que me espante de que mientras coma en la mesa de mi departamento tenga que espantar a las cucarachas de la mesa, ni que me llene de terror que uno de estos insectos recorra con sus patitas el cuerpo de mi esposa mientras duerme, tampoco es que me sea muy incómodo servirle a mi mujer de guardia mientras cocina para que ningún bicho se acerque a su mesa de trabajo, no nada de eso. Son nimiedades que, al parecer en esta tierra son normales.

Cuando comenté a gente de la isla la situación que estaba viviendo en casa con estos seres, la respuesta común que recibí fue un simple "uhmm", acompañada de una mirada de incredulidad que me echaba en cara la poca tolerancia a los tan (aparentemente) queridas mascotas locales.

En el fondo, lo puedo leer en sus miradas, piensan que este par de mexicanos son pedantes y mamones. Yo solo creo que somos limpios y le tenemos un profundo respeto a la salud y un ambiente medianamente sano para pasar la vida.

En los pocos meses que tengo viviendo acá he conocido a profundidad cuatro departamentos, dos de ellos con cucarachas y los otros dos sin rastro de ellas. Eso me hace creer que hay una esperanza de que una parte de la población isleña le tiene la misma aberración que yo y que mantiene las medidas de sanidad necesarias para que la casa sea de ellos y no de las cucarachas.

En este punto del relato tengo que decir que por días, quizás semanas, llegué a pensar que las malditas se reían de mi, escondidas en algún rincón sucio, oscuro y húmedo de la cocina. Las imaginaba tramando su próxima aparición, planeado el momento justo, cuando tomaba el tenedor y llevarlo a la boca para entonces salir corriendo de su escondite y atravesar justo enfrente de mi para provocarme la náusea, el vómito. No lo lograron. Lo intentaron, pero no lo concretaron.

Lo más cerca que estuvieron fue una mañana en la que, descuidadamente moví en la mesa de la cocina la tapa de una coladera de metal que mi esposa había lavado y desinfectado para cambiarla por otra nueva. Había estado inmóvil por varios días y accidentalmente la moví. Vi una pequeña cucaracha a la que maté con una servilleta húmeda con agua y jabón. Empujado por la curiosidad, moví la coladera y salieron un par más de insectos del mismo tamaño. Las maté también. Ya seguro de que algo andaba mal con esa tapa, la levanté dejando escapar a toda una pequeña familia de cucarachitas que intentaban escapar por la mesa a toda velocidad. El agua jabonosa se los impidió y las maté una por una. Después del número 15 perdí la cuenta.

Una vez que terminé la masacre, vi de donde procedían. Un huevo había sido depositado bajo la tapa. Un sólo huevo y habían salido 20 o 30 asquerosos seres. Esa mañana mi esposa y yo desayunamos en silencio y cabizbajos. Teníamos una mezcla de asco, terror, coraje e impotencia.

Durante las dos semanas siguientes la cacería continúo. No pasaba un día sin que en la pared, en el piso, en el baño, en la mesa, en la cocina, en la recámara, en prácticamente todo el departamento matábamos a una o dos. El punto más grave fue un par de días en que, apenas encendíamos la estufa eléctrica y comenzaba a agarrar calor, los pequeños rastreros salían de debajo de los calentadores. Era como si de pronto la temperatura las quemara y decidieran salir a jugarse la vida sobre la mesa antes que morir quemadas. Pero afuera ya estaba yo, preparado con un trapo lleno de agua con jabón para atraparlas y matarlas. Cocinar y comer se ha convertido en una suerte de lucha de territorio. Humanos contra cucarachas.
 
Llevamos dos semanas de tregua. Algo les ha pasado que no se manifiestan como antes. No creo que estén muertas. Tampoco creo que se hayan ido. Más bien pienso que están en su rincón, analizando nuestros pasos, nuestros hábitos, nuestros gustos, nuestras fobias, nuestros temores. Las imagino preparando un ejército, reproduciéndose de forma masiva, entrenando para esquivar zapatos, aprendiendo a respirar bajo el agua, fortaleciendo sus esqueletos para soportar aplastamientos. Comer y correr, camuflaje, zigzagueo, trabajo en equipo, espionaje e inteligencia.

Temo por mi esposa y mi hijo en gestación. Quizás sean ellos dos el objetivo de este macabro ejército de cucarachas que se alista para una venganza.

Yo espero y me alisto. 

26 de abr. de 2013

Uno a la vez

Regreso. De nuevo a escribir aquí. De nuevo a excavar, a rascar, a pelar y exprimir. De nuevo a esta tarea medio masoquista que es mirarse uno mismo desde dentro, tratar de recordar lo hecho, lo pensado y armarlo en un rompecabezas para poder ponerlo en negro sobre blanco de la mejor manera. De nuevo a exponerse, de nuevo a arriesgarse en un momento complicado. De nuevo a escribir.

Ha pasado más de un año desde que publiqué algo en esta bitácora. Pero no me he olvidado de ella. La tenía muy presente. He revisado los comentarios que siguen llegando de ustedes que caen en esta dirección buscando una respuesta,  encontrando sólo las palabras de un enfermo. Agradezco la confianza, agradezco los comentarios y me enorgullece que incluso hay quien regresa para ver si he escrito más. Por uno que lo haya hecho me siento enormemente feliz.

Hoy he vuelto a escribir. La verdad es que no sé por qué lo hago. He podido estar más o menos bien sin hacerlo por un año y de pronto he tenido la necesidad de volver, de revisar la página y de publicar de nuevo.

No voy a resumir las cosas que me han pasado en este último año. Sería ocioso. Basta con decir que mi vida es básicamente la misma, por un lado, y por otro, que ha cambiado radicalmente. Bastará decir también que por un año la enfermedad se mantuvo muy estable, muy cómoda en la medianía. Ni muy deprimido, ni muy eufórico. Solo lo justo para sobrevivir, para trabajar, más o menos convivir con la gente y llevarla leve. Ningún gran logro, ningún gran descalabro. Vi pasar la mayor parte del año como un espectador más de mi propia vida, como es costumbre. Trabajé más por obligación que por gusto y mantuve mi vida social en un patético estado de hibernación. Nada fuera de lo normal. Nada que mereciera ser reseñado.

Pero el último trimestre del año pasado y el primero de este 2013 ha sido verdaderamente conmocionante.

Inicié un proceso de compra de casa. Lo terminé, pero a mitad del mismo comencé otro proceso para mudarme de país que finalmente sucedió. Ahora escribo desde San Juan, Puerto Rico, ciudad en la que trabajo y vivo desde mediados de enero.

Todos los preparativos para la mudanza no fueron fáciles y sí muy desgastantes, tan complicados y cansados como se pudiera uno imaginar. La llegada a esta ciudad, tan poco amable con el peatón y tan hecha para el automóvil, fue un trauma muy fuerte que se ha curado a partir de que tengo auto nuevo (no puedo dejar de esbozar una sonrisa en este punto).

Y lo más importante es que apenas estábamos mi esposa y yo desempacando en esa primera semana tan complicada en los últimos días de enero, cuando nos enteramos de que pronto seremos padres.

Sí. Año nuevo, país nuevo, ciudad nueva, trabajo nuevo, coche nuevo y bebé nuevo. Todo junto, en apenas un mes.

 Tengo que admitir que he estado sin medicamento más o menos los últimos cuatro meses, quizás un poco más. He tenido entonces que lidiar con las entrevistas del que ahora es mi trabajo, la renuncia de mi antiguo trabajo, la fiesta de despedida, la venta de muchas de las cosas que habían formado mi vida los últimos siete años, la mudanza, dejar mi ciudad, mi familia y mis amigos, llegar a una ciudad desconocida y agreste, laborar con un equipo de trabajo y unas oficinas en formación, vivir con una esposa cuyo ánimo se ha quebrado ante la soledad, un sueldo insuficiente y ahora, tres mudanzas en tres meses y un bebé en camino. Todo sin medicinas y sin terapia. No ha sido fácil.

Ahora, con la cabeza un poco más fría (lo cual resulta gracioso en una isla donde la temperatura media es de 32 grados centígrados) puedo decir que el periodo que comenzó con el trámite de la visa y se extendió durante las primeras cuatro semanas en la isla, estuve en un estado de alerta constante. Lo cual me llevó inevitablemente a un cansancio que me ha durado al menos otras tres semanas y que espero no se alargue demasiado. Las últimas dos semanas se me ha dificultado cada vez más levantarme y concentrarme en la oficina. El ritmo lento de esta ciudad y la poca higiene laboral de los compañeros a veces es exasperante.

Afortunadamente mi esposa ha estado de mejor humor, de mejor condición y ya pasó también por una difícil etapa de malestares meramente físicos mezclados con la obvia tristeza que el enclaustramiento en un departamento conlleva. Donde vivimos no puede salir a la calle simplemente porque no hay ningún lado a dónde ir. Si no es en auto, no se puede uno mover en esta ciudad. Una tristeza en sí.

Y luego de todo esto, estoy yo: fantaseando cada mañana mientras me baño y golpeándome el rostro al salir de la ducha con un calor implacable.

Fantaseo con que todo está bien, imagino que ella está bien, que el chamaco que se gesta en su interior llegará sano y tendrá grandes momentos de felicidad con nosotros como padres. Me gusta pensar que, por ser niño y porque nacerá en esta tierra, será un buen pelotero, que por ser hijo de mi esposa será inteligente y sensible y ruego a Dios que no herede mi enfermedad.

Hablo conmigo mismo, como siempre lo he hecho. Me digo entonces que voy a escribir, que voy a dejar todo para dedicarme a esto que tanto disfruto, que escribo algunas de las mejores historias de los últimos años y que la gente lo lee y lo reconoce, que fantasea conmigo y se conmueve como yo aspiro a que lo hagan. Me digo también que yo, mi esposa y mi hijo vamos a tener un futuro brillante, uno en el que, a pesar de las depresiones y las tristezas, logramos salir adelante sin muchos sacrificios, sin sufrir demasiado, sólo con el

En algún punto, espero, esas fantasías e ilusiones se cumplirán.

Por ahora, este es mi primer paso para retomar algo que dejé atrás. Me inclino ante las palabras, ante las ideas. Saludo con profundo respeto este poderoso medio de reflexión y agradezco que hayas llegado hasta el final.

2 de mar. de 2012

Viajo bajo control


No recuerdo cuándo fue la última vez que escribí en este espacio. Es fácil ver la fecha del último post, pero eso no sirve. He olvidado tantas cosas que este blog me recuerda una parte de mi que, espero, poco a poco voy dominando. En los últimos meses la enfermedad me ha hecho poco o nada. Vista mi conducta desde el ángulo de la depresión y a hipomanía, tendría que decir que lo he controlado muy bien, con todo y las grandes emociones que he pasado.

Podría pensar también que es precisamente a esas grandes emociones que me he sentido bien... Podría ser. Mi punto es que la depresión no me ha ganado y a la hipomanía pude controlarla.

Enero y febrero fueron dos meses llenos de emociones por cuatro eventos que, sin planearlo, se sucedieron de forma encadenada. En un lapso de tres semanas hice mi examen profesional, me tomé unas curiosas vacaciones donde me reencontré con una parte de mi familia que hacía años no veía, luego realicé mi primer viaje al extranjero a Bogotá, Colombia donde conocí a gente talentosa y amable y, estando allá, en la Ciudad de México publiqué mi primer cuento en el diario La Jornada.

No sé tú, pero a mi me parecen demasiadas cosas emocionantes para sólo tres semanas. Lo bueno de todo esto es que todo salió bien. En cada uno de los sucesos tuve la oportunidad de que se me votara la canica, que me pusiera histérico y no pasó nada. No al menos que yo recuerde... Veamos.

Todos los días previos a mi examen profesional, las semanas y los días anteriores, yo estaban más nervioso por el almuerzo que daríamos en la casa que por el examen mismo. Aquella fría mañana de mediados de enero yo no dejaba de temblar. De eso me acuerdo muy bien. Aún dentro de la sala de conferencias donde se realizó el examen, no dejaba de temblar aunque ya no hacía frío. Temblaba de nervios. Pero creo que ese fue mi único síntoma que tenía. Según me dicen los que ahí estaban, mi voz sonaba segura, tranquila, como si tuviera bajo control la situación. En el examen me fue bien, salvo una buena regañada que me acomodó una de las sinodales por quejarme, un poco, de la educación que recibí en la Facultad. Cuando lo hacía, cuando me reprochaba mi falta de agradecimiento y mi "amargura" (me dijo que sonaba un poco amargado), sentía que me desmayaba. Poco faltó para que de veras sucediera pero al final lo superé sin escenas penosas. Recibí el regaño en silencio y luego me felicitaron por la tesis que entregué... Cosas por cierto que todavía no puedo digerir del todo. Todo salió bien. Luego el almuerzo se puso un poco tenso cuando se juntaron los hijos de mi hermana con el hijo de mi cuñada, pero tampoco pasó a mayores. Todo salió bien.

Tres días después de hacer mi examen profesional me fui con mi esposa de vacaciones a Cancún. Allá me di cuenta de los hermoso que es el mar, lo bien que se la puedo uno pasar lejos de esta ciudad y a revalorar a mi familia. En Playa del Carmen me encontré con una de mis tías y mi prima. Nos recibieron, literalmente, con los brazos abiertos. Nos trataron estupendamente y mi tía tuvo un gesto que nunca voy a olvidar. Me prestó su coche para ir a Tulum. Es un viaje corto y sin riesgos, pero aún así, ¿quién presta su auto a un sobrino que ves tres veces al año? El caso es que, luego de años de no sentarme al volante de un coche, lo volví a hacer y, como bien dicen, lo que bien se aprende... Fue como si mi esposa y yo regresáramos en el tiempo y de repente estuviéramos de nuevo viajando en el vocho en alguna carretera cercana a la Ciudad de México. Yo relajado, feliz de manejar en la carretera y ella ahí, sentada, platicando sobre el camino y demás cosas... Para cualquier persona tomar un auto quizás es de lo más normal, pero no para mí. Un auto puede disparar al neurótico que llevo dentro y desatar escenas de histeria y peligro que nadie quiere ver. Nada de eso ocurrió. Fue un paseo apacible y sin contratiempos. Conocí, además, aeropuerto de Cancún, y de pronto, descubrí algo extraño: creo que me gustan los aeropuertos. Y me gusta abordar aviones. A diferencia de mi esposa, que le teme a volar, a mi me parece de lo más placentero.

Cenando una deliciosa pizza en un restaurante en Playa del Carmen me entero de que apenas regrese al DF, tendría que volar a Bogotá. Una emoción más que sí afectó mis vacaciones, pero que no las echaron a perder. Yo esperaba que ese viaje fuera dos semanas más tarde, pero algo pasó que se adelantó... En fin que yo regresé un jueves por la noche de Cancún y mi vuelo a Bogotá salía el sábado por la mañana. Tuve sólo el viernes para ir a la oficina por mi boleto y mis viáticos y poner en orden algunas cosas pendientes.
Durante varios meses tuve miedo, eso es lo que tuve: miedo de ese viaje. No al hecho de viajar a una ciudad desconocida en un país ajeno. Eso, gracias a que no había una barrera de idioma, era controlable. A lo que de veras le tenía pavor era al recibimiento de la gente allá.

Y de nuevo, todo salió bien. Aquella tarde domingo en que llegué a la oficina de la empresa en Bogotá todo fue sonrisas y abrazos. Desde el primer momento la gente me recibió como a un amigo entrañable. Sin condiciones, simplemente me abrazaron. Yo, aconsejado por mi señora, llevé regalitos para repartir y fue eso lo que al final terminó por cerrar un círculo que, creo, no se ha roto.

Aunque el trabajo en Bogotá fue duro, la pasé muy bien. Conocí buena parte de la ciudad, gente interesante y lo mejor, creo que hice algunos amigos nuevos, cosa que, en serio, cada vez me parece más difícil hacer.

Con el paso del tiempo, con el cada vez más estrecho rango de crear nuevos círculos sociales, la posibilidad de hacer amigos me parece como una ilusión, una aventura casi suicida. Bogotá me enseñó que no todo está escrito. Ese miedo se diluyó y se convirtió en un siempre latente nerviosismo. Siempre me ha intrigado caerle bien a la gente. Y creo que allá lo logré.

Durante mi viaje a Colombia que duró dos semanas suspendí las medicinas. No las creí necesarias. No me deprimiría con tantas cosas por ver y conocer y los compañeros me mantenían con la mente siempre alerta. Pude saltarme la barda y caer del lado de la hipomanía, sobre todo el día que salimos de rumba y que nos tomamos medio litro de aguardiente... Pero tampoco pasó nada, sólo fue una noche tremendamente divertida. Tanto que todos los que estuvimos ahí la recordamos con cariño.

Estando allá, un domingo, publiqué en la Ciudad de México mi primer cuento en el diario La Jornada. Lo vi en la página de Internet y aunque ya era un poco tarde, le mandé un mensaje un poco agresivo a mi esposa para que consiguiera un ejemplar. Me dijo que no lo haría, que se lo había encargado a mi madre, cosa que no me pareció. Días más tarde, en una videollamada mi madre me mostró la página entera que el diario le dedicó a mi cuento. De regreso a mi casa, por fin pude ver mi primer cuento publicado...

Y justo cuando me estaba acostumbrando al ritmo de la ciudad, al ritmo de la oficina, al acento de la gente, a estar solo y cenar solo, tomo el avión de vuelta a mi verdadera vida.

De vuelta al desorden de mi vida, a la bulia de la oficina, al smog y la basura...

Fue aquí donde de pronto las emociones contenidas durante las últimas tres semanas se dejaron venir como en manada. Durante al menos tres o cuatro días me sentía como fuera de lugar, como si hubiera aterrizado en otro planeta. Me sentía desvinculado de todo y de todos. Síntomas inequívocos de la depresión. Me asusté un poco, he de aceptarlo, pero también consideré que era algo normal. Me encariñé hasta cierto punto de la gente y la ciudad extraña y volver a casa implica un poco de melancolía. Así que lo tomé con más calma y me di un poco de aire. Retomé el tratamiento médico y en cinco días estaba como si nada, más encanchado, más vuelto a la rutina de siempre.

Así llego hasta este momento en el que escribo. Pasé esta parte del año que desde el pasado venía planeando. Ahora lo que queda es seguir viviendo, aunque con metas totalmente diferentes. Si antes mi meta había sido terminar la tesis y titularme, ahora tengo que cambiarlas, tengo que poner mi mira en otros objetivos, que considero tienen más que ver con la escritura que con el trabajo.

Además el futuro de mi esposa y su carrera también están en preparativos de despegue. Y no será un despegue sencillo, pero sin duda será vertiginoso. Todo un reto para nosotros como pareja y para ella como profesional.

En fin, que de pronto me encuentro como en un muelle, frente a un mar calmo y un sol apacible. Una gaviota vuela frente mi y se clava en el mar en busca de un pez. Lo atrapa, lo engulle y levanta de nuevo el vuelo. Yo respiro el aire que tiene un ligero sabor a sal y miro al horizonte.