lunes 11 de agosto de 2008

¿Eres tú, depresión?

Hoy no fui a trabajar. No estoy enfermo, simplemente me dio mucha flojera y supongo que ya desde ahi está mal.Me siento un poco culpable por simplemente no haber ido, creo que es síntoma inequívoco de que estoy deprimido, o al menos comienzo a estarlo.

Han ocurrido cosas en la oficina que no me gustan, que me han hecho sentir inseguro, amenazado, vulnerable, y eso me asusta. Ha pasado ya más de un año y esta es la primera vez que me siento así, tan indefenso.

Hace tres días renunció una buena compañera (y amiga) por razones que no tienen el peso como para haber renunciado, fue más una cuestión personal con mi jefe que una verdadera razón laboral. Cometió errores, sí, pero también mi jefe, y ninguno de los dos estuvo dispuesto a poner sus disputas de poder por encima de la chamba y superar sus rencillas.

El resultado es que perdimos a una gran trabajadora y a una buena amiga. El problema es que el ambiente en la oficina se ha enrarecido más de lo que ya estaba. Hace falta una persona y el trabajo que ella realizaba ahora tendré que hacerlo yo. Y no me gusta nada.

Supongo que todo esto influyó para que me decidiera a no ir hoy a al oficina y me quedara en la casa navegando estúpidamente en internet y haciendo absolutamente nada. Me ha caído bien este día de descanso, de hueva total, pero supongo que pagaré las consecuencias en los próximos días.

Mis jefes andan con los pelos de punta, con las espada desenvainada, con la certeza de que hay un complot en su contra y con el ánimo de la santa inquisición.

Un compañero me dijo que ella de una merna inconsciente se lo había buscado. Y es cierto. Yo lo sé. A mí ya me pasó hace algunos años cuando me porté de una manera que gritaba a los cuatro vientos "¡córranme!" Y lo logré, para luego estar durante casi un año sin trabajo y deprimido al punto de casi perder mi matrimonio.

No quiero eso. Defintivamente no lo quiero. Estoy dispuesto a poner todo de mi parte para no perder mi trabajo de esta manera, no sin haber luchado, no sin haber puesto todo de mi parte para evitar lo que sé que me matará como persona y como esposo...

sábado 9 de agosto de 2008

Por el rabillo del ojo (o Dos caídas, un día)

Mirar de reojo para mi se convirtió en lago cotidiano, pero sobre todo, consciente. Es un hecho que todos tenemos, en mayor o menos grado, desarrollada la visión periférica que es aquella que nos permite ver a nuestros costados de manera involuntaria.
Hace muchos años para mí era natural mirar de esta manera cuando jugaba baseball. Así espiaba los corredores de primera y segunda que abrían descaradamente. Luego apliqué la misma técnica para cruzar la calle. No me es totalmente necesario girar la cabeza para saber si viene o no un coche.
Esta visión es también la que me avisa en el metro o en la calle cuando alguien me está mirando fijamente. Es algo casi instintivo. Una vez que registro la insistencia de una mirada, me muevo para asegurarme que efectivamente es a mí a quien vigilan. Luego los encaro descubriéndolos en flagrancia.
Hoy en dos ocasiones hice caso omiso a mi visión periférica. A pesar de que con el rabillo del ojo me di cuenta de que dos cuerpos caían, no hice nada por remediarlo.
La primera vez fue en la oficina cuando un compañero, sin querer, tiró el florero, que tenía agua putrefacta y dos flores, de mi escritorio. Yo me había levantado para pedirle a la secretaria que me comunicara con un amigo, y cuando me di la vuelta vi con el rabillo del ojo que el florero se atoraba en la manga de la camisa de mi torpe compañero. Pero no hice nada. Seguí con mi movimiento esperando que el florero se rompiera en el piso. Y así sucedió. Él limpió el reguero que hizo de vidrio y agua, y luego me repuso el florero roto.
La segunda vez fue un poco más grave. Noté que un chavo más o menos de mi edad cerró los ojos al  tiempo que recargaba su cabeza en el tubo del vagón del metro. Ambos íbamos de pie y me pareció un gesto habitual de cansancio. Me percaté de su tono blanquecino en la piel, pero asumí que era su color natural.
Puse entonces mi atención en otra parte del vagón. Momentos después vi otra vez con el rabillo del ojo, cómo el sujeto se desplomaba irremediablemente a mi lado. Noté el inicio de su movimiento hacia atrás y di por hecho que quería apartarse de la puerta y como yo tenía suficiente espacio del lado contrario, simplemente me aparté.  
Pero no dio el paso, simplemente cayó de espaldas rozándome el brazo derecho y azotando fuertemente la cabeza contra el suelo. ¡Pac!
Creo que él estaba más sorprendido y confundido que todos nosotros que lo vimos caer. No hice nada. Estaba ahí, tendido junto a mí, y no lo levanté, no le pregunté si estaba bien,. Todos hicimos lo mismo. Todos excepto un sujeto que venía leyendo la Biblia y que fue el único que se arrodilló para ayudarle a levantarse.
De nuevo ignoré a mi visión periférica y, siendo sincero, me siento un poco culpable. Yo había notado su claro gesto de malestar, su palidez, su inminente caída, y no hice nada. Estaba, creo, absorto. No podía creer que alguien pudiera desmayarse tan dramáticamente. De hecho pensé que le iba a dar un ataque epiléptico, pero nada pasó. Nos veía a todos como esperando que le dijéramos que todo estaba bien que sólo se había desvanecido. Ni eso hice,
Me siento un poco culpable porque de haber seguido observándolo no hubiera evitado el desmayo, pero sí el tremendo golpe que se llevó. Lo hubiera cachado, lo hubiera detenido. Le hubiera hecho caso a mi visión periférica, al rabillo del ojo.

viernes 8 de agosto de 2008

Apenas ha nacido...

Hace algunos días volví a ver a una amiga a la que tenía, al menos, un año de no ver. No ha sido la mejor de las situaciones. Parió a una niña con sólo seis meses de gestación. La bebé, hasta el momento en que escribo estas líneas, lucha inconscientemente por seguir desarrollando sus órganos. 
Me enseñó una fotografía que capturó con su celular y se alcanza a ver a un pequeño cuerpo de poco más de 30 centímetros con tubos y sondas en nariz, boca, brazos...
Mi amiga, luego de superar la infección en vías urinarias que le ocasionó el parto prematuro, está bien. Adolorida físicamente y devastada moralmente, pero se mantiene en pie, positiva y a la espera del largo camino que le depara la vida de su pequeña hija. Apenas ha nacido y está sujeta a un cúmulo de aparatos y cuidados médicos que nadie merece, y menos siendo tan pequeña. 
Yo, a pesar de querer mucho a mi amiga y de sentir mucha pena por su hija, no me he deprimido. Al menos no por eso. Pero estoy muy preocupado. Hace tres o cuatro años ella intentó quitarse la vida debido a una profunda depresión. 
Con todo mi corazón espero que la pequeña viva y ella encuentre en su hija un motivo lo suficientemente fuerte para no volver a atentar. El otro escenario ni siquiera deseo pensarlo.

viernes 1 de agosto de 2008

Sociología del cadenero (Pequeñas crónicas)

Contrario a las buenas costumbres mías, acudí junto con mi esposa a un antro en Insurgentes donde se baila salsa. Debo apuntar en descargo que lo hice por mera solidaridad con una buena amiga que ahí quiso festejar su cumpleaños. Como hacía mucho, pero mucho tiempo no asistía a locales de este tipo, había olvidado el perfil cuasi patológico del cadenero.

Cuando era un poco más joven, de hecho, cuando era adolescente, llegué a ir a este tipo de bares (o discos, o como se llamen) en los que tienes que hacer fila para entrar, y casi rendirle pleitesía al sujeto que permite la entrada basado en criterios incompresibles y obtusos como la apariencia y la vestimenta de los necios que intentan, por alguna extraña razón, entrar al mentado antro.

El perfil de estos rufianes es el mismo para todas las situaciones. Físicamente deben ser imponentes, ya sea fornidos, o francamente gordos, feos siempre y de pésimos modales. El poder que se les concede al cuidar la entrada del codiciado lugar les da la oportunidad de imponerse a los clientes como nunca lo harían bajo ninguna circunstancia.

Se envanecen haciendo perder el tiempo y la paciencia a las decenas de personas que les piden dejarlos pasar. De veras, es patético.

En esas estábamos mis amigos y yo, esperando a que un trío de esta fauna nos dieran su venia para salsear, cuando como una cubetada de agua fría recordé por qué pasó tanto tiempo antes de que regresara a uno de estos lugares: odio esta situación en la que no te dejen divertirte.

Junto con un buen amigo comencé a burlarme de estos monitos: de su trauma de poder, de su único reducto de autoridad concentrado en la cadena de un mugroso antro.

Definitivamente nunca he sido antrero. No me gusta bailar, soy y era malo ligando chavas, no me gusta emborracharme fuera de una casa conocida, y en general prefiero platicar en una cantina que gritarme en medio de una disco de altos decibeles. Quizás por eso soy tan intolerante con este tipo de situaciones.

Al final nos dejaron entrar a mí, a mis amigos y a los amigos de mis amigos, que no terminaron siendo mis amigos (por cierto). Después de muchos años de no intentar socialziar, me di cuenta de que sigo tan antisocial como cuando era adolescente. Algunas cosas nunca cambian...

martes 29 de julio de 2008

Ahora sí que la cagué

Hay veces en que no sé por dónde empezar... Raro. Las cosa suelen ser más fáciles cuando no tengo que pensar y me dejo llevar por la furia o la tristeza. No hay más. Blanco o negro, siempre en los extremos.

Y cuando estoy en la medianía, así me siento, mediano, ni de aquí ni de allá. Mediocre, pues. En cambio, cuado estoy o muy deprimido, o muy eufórico, al menos me siento perteneciente a algo, como si tuviera de nuevo 19 años y me fuera absolutamente necesario pertenecer a uno de estos dos grupos...

Y de ahí también el problema. Extrañar la enfermedad a falta de algo mejor que hacer.

Pero calma, calma, frío, frío. Más vale llevarla con tiento y no caer en lo que tristemente sí y de nuevo sí.

Hace ya algunos días, semanas, incluso un mes o más, la verdad es que me daba mucha pena pensar sobre el caso y escribirlo, pero hoy traigo los dedos flojos; decía que hace algún tiempo perdí el control (sí, ajá, de nuevo) con mi esposa. Le grité, le espeté sin miramientos cosas íntimas y personales cuando estaba en el depa su única amiga.

Estaba tan irritado, tan encabronado, tan fuera de mi por las cosas que habían pasado entre nosotros, pero también porque ella su amiga, se había quedado la noche a dormir y no pudimos ya no digamos tener intimidad en el sentido más pedestre, sino que simplemente no pudimos hablar porque se la pasaron platicando...

Arggg. Le grité a ambas, aunque su amiga, que también es mía, estaba en otro cuarto, los gritos, el maltrato creo que estaba más dirigido a ella. De cualquier modo, fue una enorme, enorme pena.

sábado 26 de julio de 2008

México deprimido

"En México, una de cada cinco personas padece depresión, y sólo una de cada 10 recibe atención, por lo que vamos a incidir en la capacitación de médicos del primer nivel de atención, y en los profesores universitarios de todo Jalisco", afirmó el director del Instituto Jalisciense de Salud Mental, Daniel Ojeda Torres.








Tomado de aquí: http://www.eluniversal.com.mx/notas/506997.html

lunes 14 de julio de 2008

Una vez más


Hace unas tres semanas tuve dos días de aceleramiento por razones desconocidas. Luego, como era de esperarse, vinieron días de depresión. Me preocupa, a mi esposa la asusta. Pero no pretendo regresar a las pastillas. Son más caras y no estamos para esas cosas...

Debería sacar algo bueno de esos días de aceleramiento. Me siento obligado. Quizás lo más positivo es que al final nunca exploté. A pesar de mis intensas ganas de gritarle a la gente (al menos a una compañera del trabajo y a mi esposa) que se callara, me contuve con todo lo que eso implica. Esa semana mantuve la casa medianamente limpia como parte indudable de mi aceleramiento. Ahora que ya estoy más tranquilo (o deprimido, pues) la casa es una zona de desastre otra vez.