15 jul. 2016

¿Qué buscan los depresivos?

Es decir, los que estamos deprimidos ¿qué tipo de información es la que buscamos?

Por lo general, quienes tenemos este tipo de condición, sentimos que somos los únicos que nos sentimos así. Y lo más seguro es que ni siquiera sepamos qué es lo que tenemos. Simplemente nos sentimos mal y ya. Un joven de 15 o 16 años sencillamente no se levantará de su cama, o se la pasa frente a una computadora o jugando videojuegos sin saber exactamente qué pasa. ¿Por qué no tiene ganas de salir, de ver a sus amigos y por qué tiene una tendencia casi enfermiza por huir de casa dejar atrás a los padres, a los hermanos, a los abuelos y a todo aquel que le recuerde que es una persona infeliz?

Eso es lo único que tiene claro: es una persona infeliz. No encuentra nada satisfactorio, nada de lo que hace, dice, piensa, ve, escucha, o siente le trae un mínimo placer. Es como si el cajón del bienestar se hubiera vaciado y nada de lo que intentas poner ahí lo llena.

Sí. Así es.

O al menos así me lo parece. Así lo recuerdo. Y no es que no esté deprimido ahora. De hecho lo estoy. Pero creo recordar que cuando tenía esa edad, cuando era un adolescente, era justo así como me sentía y más o menos era así como me comportaba. Pasaba todo el día frente a la consola de videojuegos, apenas comía y no tenía ganas de ver a mis amigos, mucho menos de estar con cualquier miembro de la familia o la sociedad. Odiaba a todo el mundo. 

Simplemente quería que me dejaran en paz, que el mundo rodara sin mí y yo simplemente existiera al margen de todo y de todos. Dormía mucho también. Ahora pensaría que era parte de mi crecimiento, pero ahora estoy seguro de que estaba muy deprimido. Apenas comía un poco y quería dormir. Y lo hacía. Me encerraba en mi cuarto y me dormía. A veces, más descarado, lo hacía en la sala de televisión, frente a todos. 

En mi mente, entonces y ahora, pasaban cosas tan absurdas como ese pensamiento de que no valgo nada, de que no tiene ningún sentido vivir, que la sociedad está perdida y, sobre todo, es estúpida... Sí, todos esos son pensamientos absurdos (entre muchos otros), pero poderosos. Tanto, que mucha gente se deja convencer de ellos y terminan lanzándose de un puente, tirándose a las vías del Metro, cortándose las venas o matándose poco a poco con drogas.

En esos años creía que era una persona única, que sólo yo tenía ese tipo de pensamientos, de actitudes, que era una especie de genio incomprendido. Pero nada de eso. Sólo era un adolescente deprimido y como ellos hay miles; millones en todo el mundo que pasan por lo mismo. 

Pero de eso me enteré varios años después, cuando me diagnosticaron trastorno bipolar. Pero entonces era ya un poco más grande, aunque no mucho más inteligente.

No eres el único, si es que has llegado hasta aquí, leyendo algunas de las cosas por las que pasas y por las que piensas. No, sólo estás, quizás, un poco deprimido. No es bueno, pero tampoco demasiado malo. Es algo más común de lo que crees. De hecho, es una pandemia. Hay millones que la padecen en todo el mundo y la ciencia todavía no tiene una respuesta efectiva para contrarrestarla. 

Es una pequeña maldición. Pero, como toda maldición, tiene algo de mágico, algo de intrigante que no deja de ser apasionante. De ahí que cada X tiempo regreso y escribo, regreso y tomo de nuevo el teclado y el blog. Y sí, no lo niego, necesito de esto de vez en cuando para desahogar mi depresión.

28 abr. 2016

Al psiquiatra y sin antidepresivos

Entré de nuevo en una especie de espiral de depresión. No me podía levantar, no me reconocía en el espejo, pensaba en tirarme del puente cada día que lo atravesaba, no le encontraba mayor sentido a la vida... Lo de siempre, lo de cada vez que me pasa la depresión encima.


En esta ocasión, tenía la nueva variable de no tener mucho dinero para las pastillas, además de tener la presión de mantener a mi familia, con un hijo, además, que requiere de mucha atención. Fui con la psiquiatra con la intención de desahogarme, sí, pero también con la idea de que me recetara pastillas para sentirme menos mal, por no aspirar a sentirme bien.


Mi sorpresa fue que se negó a darme la receta para comprar pastillas. Me dijo que no quería tenerme medio adormecido en este periodo que ella considera importante para mí y mi hijo. Además de que la medicina siempre es más cara y eso conlleva a más estrés y más depresión. Es un círculo bastante difícil de romper. Al menos para mí que no gano mucho dinero.

Pero me recetó unas vitaminas. El costo es ligeramente menor, aunque no mucho. Y el resultado ha sido si no mágico, sí satisfactorio, pues aunque no me quita la depresión, al menos me permite trabajar con cierta libertad.


Me he podido levantar sin tantos problemas, he podido concentrarme en el trabajo, he podido leer entendiendo casi todo a la primera lectura y en general no me he sentido soñoliento, como seguramente me hubiera sentido con las pastillas de siempre.


Todavía me hace falta tomar otra pastilla que me recetó y que no he comprado básicamente por falta de ganas. A penas hoy, casi dos semanas después de que me las recetó, pregunté en la farmacia por ellas. Me las entregan la próxima semana. Ya veré qué efectos nuevos tienen las dichosas pastillas. Espero que me sirvan, que me hagan sentir menos estúpido, más concentrado. Al menos eso, ya que sé que la felicidad, la tranquilidad, eso es imposible de tener por cualquier pastilla.

17 feb. 2016

Así en en Metro como en la calle

La toma del puente.

9:30 am El ejército de oriente, notablemente más voluminoso e integrado por hombres y mujeres vestidos y dispuestos para batirse con tal de llegar a tiempo a la oficina, madres apuradas con niños adormilados y alguno que otro obrero, tenía todas las ventajas para hacerse del paso en la estación Barranca del muerto.
En el lado poniente, eran unos cuantos los que pretendían cruzar el paso sobre las vías: algunas familias ociosas, estudiantes de pinta, y uno que otro retardado con muy poca paciencia. Pero tenían una ventaja. Al frente del contingente, lenta, muy lenta, iba una anciana que bajaba penosamente por las escaleras ayudada por una andadera y alguna amiga ligeramente menos anciana.
El ejército de oriente, conmovido con aquel vetusto ariete humano, se abrió mansamente.

11 feb. 2016

Otro Chak

Llevó varios años (perdí ya la cuenta) escribiendo con intermitencia este blog que no tiene otro fin que expresar algunas ideas y experiencias que hasta ahora han sido meramente personales y vinculadas siempre, o casi siempre con mi condición de bipolar.
Pero hay otro Chak. Trabajo, como en alguna ocasión creo que lo dije aquí, en la prensa. Estudié, o al menos terminé, la carrera de comunicación y tengo la fortuna (a veces buena, a veces no) de trabajar en un periódico. Sin embargo mis opiniones, mis reflexiones se han quedado sólo en el ámbito personal. Hasta hoy no he externado nada acerca de la realidad que envuelve al país y a esta ciudad. Así ha sido por una razón muy sencilla: tiendo a la depresión y lo que pasa en esta ciudad y en el país es sumamente desalentador.
En mi ánimo de lidiar con mi condición, he apartado esta temible y aplastante realidad. Quizás hice bien, quizás no. Me han dicho que el primer paso para que un alcohólico supere su enfermedad es aceptarla; quizás al no escribir de esta realidad, lo que he hecho es negarla un poco. Resistirme a su influencia en mi estado de ánimo probablemente ha sido más perjudicial.
No como un acto de rebelión, sino como la aceptación de esa otra parte de mi vida, comenzaré a escribir de otras cosas que no sea sólo yo y mi vida estrictamente personal. Expresaré algunas ideas y conceptos en torno a esta condición que vivo como mexicano y capitalino.

Muerte y opulencia
Son dos cosas que nos rondan. La primera no como una consecuencia natural de la vida, sino como un riesgo latente de violencia extrema, muchas veces fortuita, pero las más de ellas calculada y descarnada. La segunda, la opulencia, se restriega en el rostro de millones que padecen de carencias básicas no sólo de bienes materiales, sino de otros aspectos tan importantes como el respeto y la dignidad. No hace falta sufrir de pobreza alimentaria para sentirse ofendidos por el derroche de dinero y poder de quienes son dueños de "esta mierda", como bien podríamos llamarle a esto en donde vivimos.
Manipuladores, astutos mitómanos patológicos, oportunistas trinqueteros, abusadores compulsivos. Y no, no me refiero sólo a aquellos en el gobierno. Somos todos. Apenas se presenta una grieta, un resquicio, cualquiera se convierte en un dictador, en un corrupto en un abusador. ¿Excepciones? Las desconozco: grandes y chicos, pobres y ricos, hombres y mujeres...

1 ene. 2016

Feliz azar 2016...

Aquí vamos de nuevo con una año más. Hace unos momentos, Facebook me hizo recordar que una cosa es lo que con cada año soñamos y planeamos y otra muy distinta es lo que realmente ocurre. 
Hace dos años el primer día de 2014, recuerdo que estábamos acostados mi esposa y yo en una cama cuidando a nuestro pequeño hijo de apenas unos tres meses. Entonces más menos delineamos lo que queríamos para aquél año. No recuerdo qué fue lo que planeamos. Pero a mediados de ese año regresamos México en un giro en nuestra vida que, estoy casi seguro, no pudimos prever.
Justo ahora estoy en una situación igualmente derivada simplemente del azar. Bajo ningún escenario, ni mi esposa ni yo podíamos pensar estar en una situación tan triste y desventajosa como la que ahora pasamos. 
Los planes son buenos, pero a veces es mejor tener un protocolo de acción en casos de contingencia, para cuando todos los planes originales fallan. La opción entonces es hacer una retirada táctica, reorganizarse, apoyarse en la red de emergencia y esperar y generar mejores condiciones.
Mi plan B inició a mediados de 2015, hace unos dos meses inicié el plan B2 y veo todavía muy lejano el día en que retome mi plan A... Es muy desesperante.

25 nov. 2015

10 años bipolares

Este año, creo que por el mes de junio o julio cumplí 10 años desde que me diagnosticaron trastorno  bipolar  tipo 2. No es que quiera un pastel, que me canten las mañanitas o me den regalos. Aunque pensándolo  bien, no estaría  mal.
Más  bien pienso  en algo así  como una reflexión. Diez años son muchos y aquel Chak que recibió  la noticia era joven y sin tantas responsabilidades  y experiencias que el Chak de hoy.
Si me lo encontrara saliendo del hospital, todavía  cabizbajo y pensativo, le diría  que todo va a estar bien, que se puede vivir con esto siempre y cuando se atiendan ciertas medidas de salud.
Fácil  no será, pero después de 30 años en este planeta, estoy seguro de que  nada lo es. Ni la vida familiar, ni la vida en pareja, ni la vida laboral o académica. Nada lo es. El trastorno bipolar viene a agravar la dificultad en la vida, sí
Sin duda, pero no más que un ciego, un lisiado o alguien  con retraso mental. No lo minimizo, pero de ninguna manera me considero víctima  o mártir de absolutamente nada. Basta salir a la calle y ver que hay miles de personas que verdaderamente sufren y están discapacitadas por alguna razón.
No te preocupes mucho, le diría al Chak de hace 10 años. Cuídate, cuida mucho a las personas que amas, no les hagas daño y disfruta lo más  posible de estos años. Creo que eso le diría.
Quizás el Chak de hace 10 años me creería el 10% de las cosas que le contaría  que me han pasado. Lo bueno y lo malo, lo memorable y lo aburrido, lo saludable y lo enfermizo, las altas y las muchas, muchas bajas...
Ese Chak me miraría  confuso y escéptico. Confuso porque vería que físicamente casi no he cambiado y escéptico porque en aquel momento nada, absolutamente nada de lo que ha pasado, habitaba en su mente.
Los planes nada tienen que ver con el transcurrir de la vida, pueden guiarla, pero de ninguna manera la define. Y en aquellos años ninguno de mis planes se realizaron... bueno casi ninguno. Quizás los más generales, pero a veces ni esos.
De ahí que la reflexión a 10 años de padecer esta condición no sea un recuento de penas y malos momentos, más bien un balance de cómo la enfermedad  ha influido en el devenir de los hechos.
Con certeza no lo puedo decir, ¿quien podría hacerlo?, pero la bipolaridad ha jugado sus piezas. Para bien y para mal. Por contadas ocasiones me ha dado el ánimo y la fuerza, la entereza para enfrentar situaciones decisivas, complicadas. Me ha dado la chispa para iniciar, aunque pocas veces para terminar proyectos. Por otro lado me ha hecho perder en muchas ocasiones la mente en cosas absurdas, miedos, bloqueos que me limitan. Eso es lo que más me ha pasado y lo que más me ha pesado. La inamovilidad, la certeza absurda de que cualquier  cosa que haga estará mal hecha, la falta de valor para aceptarme y aprovechar  quien soy.
Eso no ha cambiado. Me imagino a mí mismo como un chiquillo huyendo temeroso de un enorme sujeto con capucha negra, amenazante y mortal. Diez años después ese chiquillo ha crecido muy poco.
No puedo, como ya dije, lamentarme de este padecimiento, tampoco puedo sentirme bendecido. Lo que definitivamente sí puedo es dar gracias por la vida que tengo, por las personas amadas que están  a mi lado, su paciencia  y su amor.
No sé  qué  haría si un día de estos me encontrará al Chak del futuro, al de 10 años más adelante, no sé  si quisiera escucharlo, pero estoy casi seguro de que no le creería las cosas buenas y malas que me esperan en los días por venir.

18 oct. 2015

Una simple posibilidad

Desde aquí y hasta donde puedo recordar, el miedo siempre me ha dominado. Esa es la impresión que tengo. Eso pienso. Y quizás no sea tan cierto. Triste, pero cierto, la mente me engaña con facilidad y suele ser mi peor enemigo. De ahí que tenga que pelearme conmigo, con mi esposa, con mi familia para convencerme de que no es así, de que el miedo no debe ser tan fuerte, que la voluntad tiene que sobreponerse.
Pero entonces viene el espejo, y me miro y no puedo: el miedo me vuelve a vencer.
Y me regreso a la cama y me tiro para no levantarme. Pero salgo al trabajo y lo hago con miedo, con esa idea permanente de que pronto pasará, de que llegará el momento en que no habrá más necesidad de hacerlo. Llego con miedo a la oficina y salgo de ella también con temor. Pero algo ha cambiado. No me di cuenta, no me quiero dar cuenta.
Entonces llega el fin de semana en que veo a mi psicóloga y me dice. No no me lo dice. Me lo hace ver. Me lo presenta como si fuera mi propia idea.  Pude vencer el miedo. Al menos por momentos. Cuando me levanté de la cama, cuando salí de la casa, cuando me metí al metro, cuando hice mi trabajo, cuando lo di por terminado. Primero por jornada, y luego a la semana y luego al mes. Día con día. Supongo que así se van venciendo los miedos, poco a poco, casi sin darse cuenta. Como quien escribe primero una palabra y luego otra y cuando te das cuenta llevas una página entera. Y te desahogaste y liberaste tus demonios y sentiste por una vez más el soplo de un poco de valentía.

16 oct. 2015

No voy a mentir: no me siento bien y de pronto mi vida entera parece derrumbarse

O, ya sabes, al menos eso parece... Las impresiones suelen ser más graves que las posibilidades.
 
Tengo la necesidad urgente de mudarme de la casa donde vivo. Mis vecinos no sólo no son agradables sino que son claramente peligrosos. Se dedican a vender drogas al menudeo. Tienen una narcotiendita.
 
Si solo fuera eso no habría mucho problema pues ellos tienen sus negocios y no pienso interferir. Lo malo es que consumen... Y sus amigos y vecinos también. La calle entera huele a marihuana y solvente. No es nada saludable para el crecimiento de mi  hijo, que igual puede distinguir cuando mamá o papá están tensos al entrar a la casa y pasan frente a cuatro o cinco sujetos que fuman e inhalan...
 
No es sano. No es seguro. No es relajante.
 
Llegamos a esta casa casi dos años tarde, luego de la elaboración de un plan de vida que ha cambiado radicalmente. Cuando la compramos no teníamos idea del tipo de vecinos que tendríamos, tampoco teníamos al pequeño.
 
En aquel entonces la idea era poner un negocio, dejar de ser empleados y comenzar una empresa juntos.
 
Poco más de dos años después la situación ha cambiado. El pequeño modifica los ritmos de vida, las prioridades y los gastos. Yo quisiera ganar el doble de lo que gano y trabajar la mitad. Quisiera tener un barril lleno de billetes e invertirlos en el negocio. Renunciar a mi trabajo, despedirme para siempre de mis jefes, del medio hipócrita y engañoso que me da de comer...
 
Y ese es el plan. Otra mudanza, otra aventura. Un salto al vacío. Un giro de 180 grados.
 
Tendré que brincar, de nuevo, pero ahora sosteniendo con una mano a mi esposa y con la otra a mi hijo. Somos un equipo. Así lo he visto desde siempre, desde antes que él naciera, desde que estábamos esperándolo. Hay que moverse, hay que iniciar la acción, no quedarse inmóviles, no permanecer, no quedarse, no conformarse. Planear, visualizar, prepararse e ir paso a paso. Tener una meta clara... Al menos quiero pensar que así deben ser las cosas. 
 
Y ante el panorama del inminente cambio, viene el miedo, el terror, la innegable incertidumbre, la dificultad y el sufrimiento que se avecina, que se deja ver a lo lejos, como una enorme nube de tormenta que se recorta en el cielo azul. Inmensa, amenazante, pero al mismo tiempo inexorable, inevitable.
 
Quisiera dejarle al tiempo la decisión del porvenir. Quisiera dejar en prenda mi fe y olvidarme del futuro. Sentarme a ver qué pasa, confiar en que la suerte me dará una buena cara y que todo se resolverá. Pero sé que eso no solo no pasará, sino que es un lujo que no puedo darme cuando hay dos almas que cuentan conmigo...
 
No, la suerte no tiene cabida en esta ecuación. 
 
Pero la fantasía sí. Por eso escribo, por eso imagino, por eso sueño. Por eso cierro los ojos en las noches, y a veces, cuando logro recordarlo, miro a mi derecha y veo ese barril rebosante de billetes. Vengan a mi.