03/05/2013

Cucarachas

Tengo 32 años, y siempre había vivido en la Ciudad de México donde estos inmundos insectos son comunes sobre todo en calles del centro histórico, tiraderos de basura y casas en las que la limpieza no es una prioridad.

Nunca había tenido que compartir el piso, las gavetas, el baño, la sala, el refrigerador, el clóset y hasta la cama con ellas. Pero apenas llegué a San Juan tuve que adaptarme a ellas. No es que me espante de que mientras coma en la mesa de mi departamento tenga que espantar a las cucarachas de la mesa, ni que me llene de terror que uno de estos insectos recorra con sus patitas el cuerpo de mi esposa mientras duerme, tampoco es que me sea muy incómodo servirle a mi mujer de guardia mientras cocina para que ningún bicho se acerque a su mesa de trabajo, no nada de eso. Son nimiedades que, al parecer en esta tierra son normales.

Cuando comenté a gente de la isla la situación que estaba viviendo en casa con estos seres, la respuesta común que recibí fue un simple "uhmm", acompañada de una mirada de incredulidad que me echaba en cara la poca tolerancia a los tan (aparentemente) queridas mascotas locales.

En el fondo, lo puedo leer en sus miradas, piensan que este par de mexicanos son pedantes y mamones. Yo solo creo que somos limpios y le tenemos un profundo respeto a la salud y un ambiente medianamente sano para pasar la vida.

En los pocos meses que tengo viviendo acá he conocido a profundidad cuatro departamentos, dos de ellos con cucarachas y los otros dos sin rastro de ellas. Eso me hace creer que hay una esperanza de que una parte de la población isleña le tiene la misma aberración que yo y que mantiene las medidas de sanidad necesarias para que la casa sea de ellos y no de las cucarachas.

En este punto del relato tengo que decir que por días, quizás semanas, llegué a pensar que las malditas se reían de mi, escondidas en algún rincón sucio, oscuro y húmedo de la cocina. Las imaginaba tramando su próxima aparición, planeado el momento justo, cuando tomaba el tenedor y llevarlo a la boca para entonces salir corriendo de su escondite y atravesar justo enfrente de mi para provocarme la náusea, el vómito. No lo lograron. Lo intentaron, pero no lo concretaron.

Lo más cerca que estuvieron fue una mañana en la que, descuidadamente moví en la mesa de la cocina la tapa de una coladera de metal que mi esposa había lavado y desinfectado para cambiarla por otra nueva. Había estado inmóvil por varios días y accidentalmente la moví. Vi una pequeña cucaracha a la que maté con una servilleta húmeda con agua y jabón. Empujado por la curiosidad, moví la coladera y salieron un par más de insectos del mismo tamaño. Las maté también. Ya seguro de que algo andaba mal con esa tapa, la levanté dejando escapar a toda una pequeña familia de cucarachitas que intentaban escapar por la mesa a toda velocidad. El agua jabonosa se los impidió y las maté una por una. Después del número 15 perdí la cuenta.

Una vez que terminé la masacre, vi de donde procedían. Un huevo había sido depositado bajo la tapa. Un sólo huevo y habían salido 20 o 30 asquerosos seres. Esa mañana mi esposa y yo desayunamos en silencio y cabizbajos. Teníamos una mezcla de asco, terror, coraje e impotencia.

Durante las dos semanas siguientes la cacería continúo. No pasaba un día sin que en la pared, en el piso, en el baño, en la mesa, en la cocina, en la recámara, en prácticamente todo el departamento matábamos a una o dos. El punto más grave fue un par de días en que, apenas encendíamos la estufa eléctrica y comenzaba a agarrar calor, los pequeños rastreros salían de debajo de los calentadores. Era como si de pronto la temperatura las quemara y decidieran salir a jugarse la vida sobre la mesa antes que morir quemadas. Pero afuera ya estaba yo, preparado con un trapo lleno de agua con jabón para atraparlas y matarlas. Cocinar y comer se ha convertido en una suerte de lucha de territorio. Humanos contra cucarachas.
 
Llevamos dos semanas de tregua. Algo les ha pasado que no se manifiestan como antes. No creo que estén muertas. Tampoco creo que se hayan ido. Más bien pienso que están en su rincón, analizando nuestros pasos, nuestros hábitos, nuestros gustos, nuestras fobias, nuestros temores. Las imagino preparando un ejército, reproduciéndose de forma masiva, entrenando para esquivar zapatos, aprendiendo a respirar bajo el agua, fortaleciendo sus esqueletos para soportar aplastamientos. Comer y correr, camuflaje, zigzagueo, trabajo en equipo, espionaje e inteligencia.

Temo por mi esposa y mi hijo en gestación. Quizás sean ellos dos el objetivo de este macabro ejército de cucarachas que se alista para una venganza.

Yo espero y me alisto. 

26/04/2013

Uno a la vez

Regreso. De nuevo a escribir aquí. De nuevo a excavar, a rascar, a pelar y exprimir. De nuevo a esta tarea medio masoquista que es mirarse uno mismo desde dentro, tratar de recordar lo hecho, lo pensado y armarlo en un rompecabezas para poder ponerlo en negro sobre blanco de la mejor manera. De nuevo a exponerse, de nuevo a arriesgarse en un momento complicado. De nuevo a escribir.

Ha pasado más de un año desde que publiqué algo en esta bitácora. Pero no me he olvidado de ella. La tenía muy presente. He revisado los comentarios que siguen llegando de ustedes que caen en esta dirección buscando una respuesta,  encontrando sólo las palabras de un enfermo. Agradezco la confianza, agradezco los comentarios y me enorgullece que incluso hay quien regresa para ver si he escrito más. Por uno que lo haya hecho me siento enormemente feliz.

Hoy he vuelto a escribir. La verdad es que no sé por qué lo hago. He podido estar más o menos bien sin hacerlo por un año y de pronto he tenido la necesidad de volver, de revisar la página y de publicar de nuevo.

No voy a resumir las cosas que me han pasado en este último año. Sería ocioso. Basta con decir que mi vida es básicamente la misma, por un lado, y por otro, que ha cambiado radicalmente. Bastará decir también que por un año la enfermedad se mantuvo muy estable, muy cómoda en la medianía. Ni muy deprimido, ni muy eufórico. Solo lo justo para sobrevivir, para trabajar, más o menos convivir con la gente y llevarla leve. Ningún gran logro, ningún gran descalabro. Vi pasar la mayor parte del año como un espectador más de mi propia vida, como es costumbre. Trabajé más por obligación que por gusto y mantuve mi vida social en un patético estado de hibernación. Nada fuera de lo normal. Nada que mereciera ser reseñado.

Pero el último trimestre del año pasado y el primero de este 2013 ha sido verdaderamente conmocionante.

Inicié un proceso de compra de casa. Lo terminé, pero a mitad del mismo comencé otro proceso para mudarme de país que finalmente sucedió. Ahora escribo desde San Juan, Puerto Rico, ciudad en la que trabajo y vivo desde mediados de enero.

Todos los preparativos para la mudanza no fueron fáciles y sí muy desgastantes, tan complicados y cansados como se pudiera uno imaginar. La llegada a esta ciudad, tan poco amable con el peatón y tan hecha para el automóvil, fue un trauma muy fuerte que se ha curado a partir de que tengo auto nuevo (no puedo dejar de esbozar una sonrisa en este punto).

Y lo más importante es que apenas estábamos mi esposa y yo desempacando en esa primera semana tan complicada en los últimos días de enero, cuando nos enteramos de que pronto seremos padres.

Sí. Año nuevo, país nuevo, ciudad nueva, trabajo nuevo, coche nuevo y bebé nuevo. Todo junto, en apenas un mes.

 Tengo que admitir que he estado sin medicamento más o menos los últimos cuatro meses, quizás un poco más. He tenido entonces que lidiar con las entrevistas del que ahora es mi trabajo, la renuncia de mi antiguo trabajo, la fiesta de despedida, la venta de muchas de las cosas que habían formado mi vida los últimos siete años, la mudanza, dejar mi ciudad, mi familia y mis amigos, llegar a una ciudad desconocida y agreste, laborar con un equipo de trabajo y unas oficinas en formación, vivir con una esposa cuyo ánimo se ha quebrado ante la soledad, un sueldo insuficiente y ahora, tres mudanzas en tres meses y un bebé en camino. Todo sin medicinas y sin terapia. No ha sido fácil.

Ahora, con la cabeza un poco más fría (lo cual resulta gracioso en una isla donde la temperatura media es de 32 grados centígrados) puedo decir que el periodo que comenzó con el trámite de la visa y se extendió durante las primeras cuatro semanas en la isla, estuve en un estado de alerta constante. Lo cual me llevó inevitablemente a un cansancio que me ha durado al menos otras tres semanas y que espero no se alargue demasiado. Las últimas dos semanas se me ha dificultado cada vez más levantarme y concentrarme en la oficina. El ritmo lento de esta ciudad y la poca higiene laboral de los compañeros a veces es exasperante.

Afortunadamente mi esposa ha estado de mejor humor, de mejor condición y ya pasó también por una difícil etapa de malestares meramente físicos mezclados con la obvia tristeza que el enclaustramiento en un departamento conlleva. Donde vivimos no puede salir a la calle simplemente porque no hay ningún lado a dónde ir. Si no es en auto, no se puede uno mover en esta ciudad. Una tristeza en sí.

Y luego de todo esto, estoy yo: fantaseando cada mañana mientras me baño y golpeándome el rostro al salir de la ducha con un calor implacable.

Fantaseo con que todo está bien, imagino que ella está bien, que el chamaco que se gesta en su interior llegará sano y tendrá grandes momentos de felicidad con nosotros como padres. Me gusta pensar que, por ser niño y porque nacerá en esta tierra, será un buen pelotero, que por ser hijo de mi esposa será inteligente y sensible y ruego a Dios que no herede mi enfermedad.

Hablo conmigo mismo, como siempre lo he hecho. Me digo entonces que voy a escribir, que voy a dejar todo para dedicarme a esto que tanto disfruto, que escribo algunas de las mejores historias de los últimos años y que la gente lo lee y lo reconoce, que fantasea conmigo y se conmueve como yo aspiro a que lo hagan. Me digo también que yo, mi esposa y mi hijo vamos a tener un futuro brillante, uno en el que, a pesar de las depresiones y las tristezas, logramos salir adelante sin muchos sacrificios, sin sufrir demasiado, sólo con el

En algún punto, espero, esas fantasías e ilusiones se cumplirán.

Por ahora, este es mi primer paso para retomar algo que dejé atrás. Me inclino ante las palabras, ante las ideas. Saludo con profundo respeto este poderoso medio de reflexión y agradezco que hayas llegado hasta el final.

02/03/2012

Viajo bajo control


No recuerdo cuándo fue la última vez que escribí en este espacio. Es fácil ver la fecha del último post, pero eso no sirve. He olvidado tantas cosas que este blog me recuerda una parte de mi que, espero, poco a poco voy dominando. En los últimos meses la enfermedad me ha hecho poco o nada. Vista mi conducta desde el ángulo de la depresión y a hipomanía, tendría que decir que lo he controlado muy bien, con todo y las grandes emociones que he pasado.

Podría pensar también que es precisamente a esas grandes emociones que me he sentido bien... Podría ser. Mi punto es que la depresión no me ha ganado y a la hipomanía pude controlarla.

Enero y febrero fueron dos meses llenos de emociones por cuatro eventos que, sin planearlo, se sucedieron de forma encadenada. En un lapso de tres semanas hice mi examen profesional, me tomé unas curiosas vacaciones donde me reencontré con una parte de mi familia que hacía años no veía, luego realicé mi primer viaje al extranjero a Bogotá, Colombia donde conocí a gente talentosa y amable y, estando allá, en la Ciudad de México publiqué mi primer cuento en el diario La Jornada.

No sé tú, pero a mi me parecen demasiadas cosas emocionantes para sólo tres semanas. Lo bueno de todo esto es que todo salió bien. En cada uno de los sucesos tuve la oportunidad de que se me votara la canica, que me pusiera histérico y no pasó nada. No al menos que yo recuerde... Veamos.

Todos los días previos a mi examen profesional, las semanas y los días anteriores, yo estaban más nervioso por el almuerzo que daríamos en la casa que por el examen mismo. Aquella fría mañana de mediados de enero yo no dejaba de temblar. De eso me acuerdo muy bien. Aún dentro de la sala de conferencias donde se realizó el examen, no dejaba de temblar aunque ya no hacía frío. Temblaba de nervios. Pero creo que ese fue mi único síntoma que tenía. Según me dicen los que ahí estaban, mi voz sonaba segura, tranquila, como si tuviera bajo control la situación. En el examen me fue bien, salvo una buena regañada que me acomodó una de las sinodales por quejarme, un poco, de la educación que recibí en la Facultad. Cuando lo hacía, cuando me reprochaba mi falta de agradecimiento y mi "amargura" (me dijo que sonaba un poco amargado), sentía que me desmayaba. Poco faltó para que de veras sucediera pero al final lo superé sin escenas penosas. Recibí el regaño en silencio y luego me felicitaron por la tesis que entregué... Cosas por cierto que todavía no puedo digerir del todo. Todo salió bien. Luego el almuerzo se puso un poco tenso cuando se juntaron los hijos de mi hermana con el hijo de mi cuñada, pero tampoco pasó a mayores. Todo salió bien.

Tres días después de hacer mi examen profesional me fui con mi esposa de vacaciones a Cancún. Allá me di cuenta de los hermoso que es el mar, lo bien que se la puedo uno pasar lejos de esta ciudad y a revalorar a mi familia. En Playa del Carmen me encontré con una de mis tías y mi prima. Nos recibieron, literalmente, con los brazos abiertos. Nos trataron estupendamente y mi tía tuvo un gesto que nunca voy a olvidar. Me prestó su coche para ir a Tulum. Es un viaje corto y sin riesgos, pero aún así, ¿quién presta su auto a un sobrino que ves tres veces al año? El caso es que, luego de años de no sentarme al volante de un coche, lo volví a hacer y, como bien dicen, lo que bien se aprende... Fue como si mi esposa y yo regresáramos en el tiempo y de repente estuviéramos de nuevo viajando en el vocho en alguna carretera cercana a la Ciudad de México. Yo relajado, feliz de manejar en la carretera y ella ahí, sentada, platicando sobre el camino y demás cosas... Para cualquier persona tomar un auto quizás es de lo más normal, pero no para mí. Un auto puede disparar al neurótico que llevo dentro y desatar escenas de histeria y peligro que nadie quiere ver. Nada de eso ocurrió. Fue un paseo apacible y sin contratiempos. Conocí, además, aeropuerto de Cancún, y de pronto, descubrí algo extraño: creo que me gustan los aeropuertos. Y me gusta abordar aviones. A diferencia de mi esposa, que le teme a volar, a mi me parece de lo más placentero.

Cenando una deliciosa pizza en un restaurante en Playa del Carmen me entero de que apenas regrese al DF, tendría que volar a Bogotá. Una emoción más que sí afectó mis vacaciones, pero que no las echaron a perder. Yo esperaba que ese viaje fuera dos semanas más tarde, pero algo pasó que se adelantó... En fin que yo regresé un jueves por la noche de Cancún y mi vuelo a Bogotá salía el sábado por la mañana. Tuve sólo el viernes para ir a la oficina por mi boleto y mis viáticos y poner en orden algunas cosas pendientes.
Durante varios meses tuve miedo, eso es lo que tuve: miedo de ese viaje. No al hecho de viajar a una ciudad desconocida en un país ajeno. Eso, gracias a que no había una barrera de idioma, era controlable. A lo que de veras le tenía pavor era al recibimiento de la gente allá.

Y de nuevo, todo salió bien. Aquella tarde domingo en que llegué a la oficina de la empresa en Bogotá todo fue sonrisas y abrazos. Desde el primer momento la gente me recibió como a un amigo entrañable. Sin condiciones, simplemente me abrazaron. Yo, aconsejado por mi señora, llevé regalitos para repartir y fue eso lo que al final terminó por cerrar un círculo que, creo, no se ha roto.

Aunque el trabajo en Bogotá fue duro, la pasé muy bien. Conocí buena parte de la ciudad, gente interesante y lo mejor, creo que hice algunos amigos nuevos, cosa que, en serio, cada vez me parece más difícil hacer.

Con el paso del tiempo, con el cada vez más estrecho rango de crear nuevos círculos sociales, la posibilidad de hacer amigos me parece como una ilusión, una aventura casi suicida. Bogotá me enseñó que no todo está escrito. Ese miedo se diluyó y se convirtió en un siempre latente nerviosismo. Siempre me ha intrigado caerle bien a la gente. Y creo que allá lo logré.

Durante mi viaje a Colombia que duró dos semanas suspendí las medicinas. No las creí necesarias. No me deprimiría con tantas cosas por ver y conocer y los compañeros me mantenían con la mente siempre alerta. Pude saltarme la barda y caer del lado de la hipomanía, sobre todo el día que salimos de rumba y que nos tomamos medio litro de aguardiente... Pero tampoco pasó nada, sólo fue una noche tremendamente divertida. Tanto que todos los que estuvimos ahí la recordamos con cariño.

Estando allá, un domingo, publiqué en la Ciudad de México mi primer cuento en el diario La Jornada. Lo vi en la página de Internet y aunque ya era un poco tarde, le mandé un mensaje un poco agresivo a mi esposa para que consiguiera un ejemplar. Me dijo que no lo haría, que se lo había encargado a mi madre, cosa que no me pareció. Días más tarde, en una videollamada mi madre me mostró la página entera que el diario le dedicó a mi cuento. De regreso a mi casa, por fin pude ver mi primer cuento publicado...

Y justo cuando me estaba acostumbrando al ritmo de la ciudad, al ritmo de la oficina, al acento de la gente, a estar solo y cenar solo, tomo el avión de vuelta a mi verdadera vida.

De vuelta al desorden de mi vida, a la bulia de la oficina, al smog y la basura...

Fue aquí donde de pronto las emociones contenidas durante las últimas tres semanas se dejaron venir como en manada. Durante al menos tres o cuatro días me sentía como fuera de lugar, como si hubiera aterrizado en otro planeta. Me sentía desvinculado de todo y de todos. Síntomas inequívocos de la depresión. Me asusté un poco, he de aceptarlo, pero también consideré que era algo normal. Me encariñé hasta cierto punto de la gente y la ciudad extraña y volver a casa implica un poco de melancolía. Así que lo tomé con más calma y me di un poco de aire. Retomé el tratamiento médico y en cinco días estaba como si nada, más encanchado, más vuelto a la rutina de siempre.

Así llego hasta este momento en el que escribo. Pasé esta parte del año que desde el pasado venía planeando. Ahora lo que queda es seguir viviendo, aunque con metas totalmente diferentes. Si antes mi meta había sido terminar la tesis y titularme, ahora tengo que cambiarlas, tengo que poner mi mira en otros objetivos, que considero tienen más que ver con la escritura que con el trabajo.

Además el futuro de mi esposa y su carrera también están en preparativos de despegue. Y no será un despegue sencillo, pero sin duda será vertiginoso. Todo un reto para nosotros como pareja y para ella como profesional.

En fin, que de pronto me encuentro como en un muelle, frente a un mar calmo y un sol apacible. Una gaviota vuela frente mi y se clava en el mar en busca de un pez. Lo atrapa, lo engulle y levanta de nuevo el vuelo. Yo respiro el aire que tiene un ligero sabor a sal y miro al horizonte.

27/12/2011

Ya habrá tiempo


Por ahora no hago nada. Me siento aquí, tan campante como si la vida no existiera, como si el tiempo fuera un pedazo de goma de mascar que se estira y se mete entre los dientes, inofensivo y placentero. Sólo tengo una certeza: no sé a dónde voy. Esperaba que las palabras me lo dijeran que las oraciones me marcaran un destino y un camino, pero la verdad es que ellas tampoco lo saben. Y cómo lo van a saber si están en medio de la nada, saliendo de mi cabeza hueca, desorientada y anodina. Siempre el tema es el control y el miedo a perderlo. Por eso no tomo, no fumo no me drogo, no tengo amigos, no tengo amantes, a veces ni siquiera me tengo a mi mismo por miedo a perder el control y terminar haciendo lo que menos deseo hacer: perderme en medio de mis impulsos. Por eso escribo, para desahogarme, para dejar en blanco sobre negro lo que me asfixia, lo que me pone ansioso.

Por ejemplo, llevo dos noches sin poder dormir bien. En parte porque mi esposa está enferma de la garganta y ronca como trailer con el freno de motor, pero también por una razón sencilla: me quitaron las vacaciones que tanto había esperado y las cosas que tenía planeado hacer en esos días (francamente tirar la hueva) se han ido por el caño. En su lugar, estoy trabajando días extras que si bien me reportarán un poco más de dinero, también me afecta en el estado de ánimo.

Lo que me mantiene de buen humor es el dinero que tengo en la cuenta del banco y lo que me voy a comprar. Lo que me tiene de buen humor es que las vacaciones me las voy a tomar todas juntas y me voy a ir de la ciudad unos días para descansar. Qué cosas tan vanas me tienen contento, pero bueno, ya habrá tiempo para todo.

23/12/2011

De nuevo Navidad


Podría quejarme como todos los años, pero no lo voy a hacer. No en esta ocasión.
Me niego a repetir ese patrón, con las palabras de cada año, quejándome de todas las cosas de las que cada año me quejo. No es que esas cosas hayan cambiado o desaparecido. Al contrario, en esta ocasión han aparecido algunas variables más que de una u otra forma me están afectado de manera negativa. Pero no, no me voy a quejar.

Por el contrario, creo que estas son buenas fechas para hacer un recuento del año que está acabando y ver los avances, los retrocesos, los éxitos y los fracasos que a la propia luz, hemos tenido. Cada uno hará su propio balance. Yo, por mi parte haré el mío.

Me siento satisfecho. Como hace muchos años no lo sentía, creo que este año ha sido muy bueno. Terminé mis sesiones con la psiquiatra, aunque sigo con medicamento. Y con la psicóloga he iniciado una etapa de autoaceptación de la cual me sentía muy lejos hace algunos años.

Con mi esposa este año creo que no estuve al borde del rompimiento como en otras ocasiones, y eso ya es decir. Tampoco es que haya sido todo miel sobre hojuelas y que soy un santo, pero al menos ya no he cometido tantas pendejadas como en el pasado. Al menos eso quiero pensar.

Con mi familia... bueno abrí un canal de comunicación directa con mi hermana a través de una fuerte pelea sucedida a partir de una fiesta de su hijo a la cual no fui. Eso sin duda, a pesar de la pelea, fue muy bueno. Con mi madre inicié también una nueva etapa en la relación que parece que está funcionando, aunque todavía es muy temprano para asegurarlo. Mi padre... bueno, mi padre, como siempre tan alejado él de mi como yo de él. Sigo viviéndolo a través de mi mamá.

En el trabajo, aunque cada vez me cuesta más levantarme  para ir y sentir que desperdicio mi vida sentado frente a la computadora, ahí va. Yo no me siento bien, pero ellos me reconocen. Algo (no sé qué) debo estar haciendo bien para que me apoyen y me reconozcan. A veces creo que en definitiva no me lo merezco pero bueno, a quién le dan pan que llore, como dice el dicho.

En mi vida como Chak me he tomado un descanso, como bien podrá observarse. No he tuiteado, no he blogueado y en general me he perdido un poco de la vida en la red (a pesar de navegar en ella prácticamente todo el día todos los días). Lo he hecho un poco a conciencia y otro poco a lo wey. La verdad es que gracias a las terapias, a las pastillas, y al intenso trabajo de los últimos meses poco o nada de tiempo me ha quedado para el resto.

He dejado de pensar, de escribir y de deprimirme. Lo cual me llena de un sentimiento ambivalente. He estado bien, pero un poco alejado de esta parte de mi que gusta de pegarle al teclado.

Entre las labores diarias, el intenso y engorroso trabajo que implica la tesis y mi propio desánimo por escribir, he descuidado esto que tanto bien me ha dejado. Leo todos y cada uno de los comentarios que van cayendo en el blog. Me da gusto que los lectores sientan la confianza de dejar un poco de ellos mismos pegado en este blog. Pero también me doy cuenta de que hay todavía una gran ignorancia acerca del trastorno bipolar... Sin duda una tarea pendiente que espero mejorar el próximo año en este mismo blog.

Dicen que 2012 será el último año del planeta, que el mundo se va a acabar. No lo creo. Estoy seguro que el celebraremos tan gustosos la Navidad de 2012 como ahora lo hacemos en 2011. De lo que sí estoy seguro es que el próximo año será el inicio de nuevas cosas en mi vida. Hay ciclos (siempre me ha parecido un poco tonto este concepto) que se están cerrando y otros que parecen abrirse poco a poco y con muchos trabajos.

De nada estoy seguro. Todo puede ser una simple fantasía, pero al final de todo, es de fantasías de lo que vivo y lo que me mantiene en este planeta.

Espero que 2012 sea un año que revolucione mi vida, que lo cambie para siempre y espero tener nuevas y mejores

11/11/2011

Una llamada


Leonardo está despierto desde hace veinte minutos pero se resiste, sin mucho esfuerzo, a abrir los ojos. ¿Para qué? Ahí sigue el techo de tirol cuyas formas lo tienen tan aburrido como su propia vida. También ahí está la pared con el póster enmarcado de “La vendedora de alcatraces” de Diego Rivera que tanto odia. El baño sigue sucio de dos semanas, la alfombra está sembrada con bolitas de cabello, y hay una montaña de ropa sucia erigida desde tres semanas antes. ¿Para qué abrir los ojos?


Tiene calor debajo de las cobijas. Seguro son más de las ocho de la mañana y es un día claro. Está boca arriba. Así amanece diario. Se duerme de lado, pero invariablemente en las mañanas despierta viendo el techo. Está cansado de lo mismo. Afuera la gente está en sus trabajos, tomando el primer café de la mañana, en el camión, en el metro rumbo a sus oficinas. Leonardo dejó de trabajar hace tres semanas. Renunció.


Como en otras ocasiones, le bastó con un pequeño coraje para tomar la decisión de hacerlo. Entró a la oficina de su jefe y sencillamente le dijo “Renuncio. No quiero seguir trabajando aquí, odio a tu agencia y a los idiotas con los que trabajo, comenzando contigo.


Recogió sus cosas y regresó a su casa sin decirle nada a nadie. Estaba harto, aburrido, desilusionado, pero satisfecho con su decisión. Al menos eso quería creer. Tenía la seguridad de que en cuanto le comunicara a sus amigos que se había quedado sin trabajo otra vez, de inmediato le ayudarían. Esperó en vano cinco días. Nadie acudió a verlo, nadie le llamó por teléfono ni siquiera para saber cómo estaba. Cayó entonces en cama. Ya sabía lo que venía. No era nuevo. Lo tenía bien medido. Serían largas semanas de no saber nada de nadie, ni siquiera de sí mismo. Esta mañana cumple tres días de no bañarse, y dos de no comer. Tampoco puede abrir los ojos porque la luz le lastima y la cabeza le duele. Está deshidratado.


Pero esto, él lo sabe, es temporal. Estas semanas se pasan relativamente pronto. Las toma como un descanso, como un tiempo para reflexionar acerca de su vida laboral, de sus amigos, de sus ex novias, de su familia y de su futuro. Así le pasó hace año y medio cuando lo corrieron de aquél otro trabajo y hace cuatro años cuando terminó la universidad. Nada es nuevo. Ya pasará.

La última vez se recuperó rápidamente gracias a una llamada.­­ Ya cumplía dos meses sin poder moverse del sillón frente a la televisión en su departamento cuando Adriana le llamó para saber qué tan mal estaba.

—Leonardo, sé que estás tirado frente a la televisión. Báñate porque llego en una hora para platicarte de una oferta de trabajo que te tengo.
—No vengas. No te quiero ver.
—Voy para allá.

Adriana tenía la virtud de hacer justamente lo que le venía en gana. Por eso en aquella ocasión fue al departamento y lo convenció de que fuera a una entrevista de trabajo en la agencia de automóviles. Leonardo consiguió el puesto y, como por arte de magia, cambió por completo su actitud. Ya no estaba más tiempo echado en la cama viendo televisión y jugando videojuegos. Se compró trajes nuevos, consiguió que le dieran crédito para un coche, comenzó a ganar mucho dinero de manera casi inmediata.

Salían a bailar los jueves y viernes. Los fines de semana se iban a pueblear, o a la playa. Tenían sexo cada vez que podían sin importar dónde estuvieran. Se creía feliz. Adriana sabía que eso no era felicidad, era una etapa de euforia, de bienestar inducido a fuerza de billetazos.

Leonardo, luego de tres meses de llevar este ritmo de vida, se cansó. Se le acabó la pila. Bajó su rendimiento en el trabajo, se volvió más indiferente con Adriana y de pronto ya no sólo no tenían sexo, sino que no le hablaba por teléfono y el tiempo que pasaban juntos era cada vez más aburrido, más gris...

El primer ataque de furia del que Adriana fue testigo ocurrió una tarde en un restaurante. La lasaña que pidió Leonardo llegó con casi una hora de retraso y fría. Increpó entonces al mesero.

—No quiero esto. Está frío y además me lo trajiste muy tarde. Mira, ella terminó de comer hace media hora.
—Si quiere le vuelvo a calentar la comida, pero la verdad es que no nos tardamos tanto en traerle el plato.
—¡Mira!, ella terminó su plato y apenas tu me trajiste el mío. ¿No te parece que es porque me lo trajiste retrasado? —dijo Leonardo ya con los ojos inyectados y levantando la voz.

El mesero se retiró y regresó dos minutos después con el plato humeante, el capitán de meseros y el gerente del restaurante.
—Señor —dijo el capitán—, tengo aquí registrado que su orden la solicitó hace sólo veinte minutos. Por lo que...
—¡Mira estúpido! Cómo explicas que mi mujer haya terminado su comida y yo apenas la voy a empezar; la pedimos al mismo tiempo. Que tu estúpido mesero haya pasado tarde la orden no es mi culpa. —Leonardo estaba completamente fuera de sí. Se levantó tembloroso del asiento, veía fijamente al capitán que lo había increpado—. Dame la cuenta. Dame la cuenta ya.
—Señor, por favor mantenga la calma ­—terció el gerente que palideció cuando recibió la mirada asesina de Leonardo.
—¡Pídeme que me calme cuando no cometas pendejadas! —gritó a todo pulmón. Algunos comensales comenzaron a removerse nerviosos en sus asientos. Los dos policías que resguardaban la entrada se acercaron a la mesa—. Dame la cuenta para largarme.

El gerente le mostró con la mano el camino hacia la caja. No se atrevió a decir nada más. El mesero, el capitán y los dos policías escoltaron a Leonardo que jaló de la mano con violencia a Adriana que, más que apenada, estaba aterrorizada por la desproporcionada reacción de Leonardo. Nunca lo había visto tan exaltado. Y no sería la única vez.

Adriana decidió cortar por lo sano con él cuando en una ocasión amenazó con golpearla. Habían bebido algunas cervezas en un bar y de regreso en el departamento Leonardo le reclamó que pasó mucho tiempo platicando con un amigo que se encontró en la barra. Ella le contestó que no era cierto y que no tenía que preocuparse por eso. Sin mayor aviso volvió a montar en cólera. Eran signos que para Adriana ya casi eran comunes: la pupila se le dilataba, comenzaba a temblar ligeramente y levantaba la voz como nunca lo hacía. Y esa mirada, esos ojos que no eran de él, sino de otra persona tan diferente. Tenía de nuevo un ataque de furia y de ahí a llegar a los golpes sólo había un paso ínfimo que prefería no recorrer. Ya en alguna ocasión había visto cómo afuera de un bar había golpeado a un sujeto hasta casi matarlo...

Lo dejó. Terminó con él y desde entonces no sabían nada el uno del otro. Ahora que Leonardo se encuentra en la cama, sin trabajo, sin amigos y sin dinero, se acuerda con cierta nostalgia de aquellos buenos tiempos en los que Adriana lo cuidaba, lo acompañaba en sus tristezas, en sus locuras, en sus éxitos. Pero ella no regresaría. El único recuerdo que tiene es el cuadro de Rivera que cuelga de la pared echándole en cara su torpeza.

Para qué entonces abrir los ojos si el teléfono no sonaría, si nadie lo esperaba en ninguna parte, si en realidad no servía para trabajar, si se aburría de las rutinas que supone la vida entera. Se aburrió de la escuela y la dejó durante dos años. Luego se aburría de sus trabajos y renunciaba esperanzado en que el próximo que encontrara sería el definitivo, el mejor, el que más lo llenaría. Pero cuatro meses después terminaba igual de aburrido. Era un vicio imparable: terminar para recomenzar algo. Y todo sería más fácil si tuviera un plan a seguir para después de cada trabajo, pero no era así. Dependía por completo de sus amigos, de su suerte para poder levantarse.

“No vale la pena. ¿Para qué me esfuerzo? Las cosas saldrán. Sólo hay que esperar una oportunidad y entonces mi vida cambiará. Sólo necesito una oportunidad más y prometo que no la desaprovecho.

“En realidad no sé para qué estoy aquí. Creo que no sirvo para nada. Me ha ido mal en todo lo que hago. Nadie me quiere y yo en realidad no quiero a nadie. Creo que Adriana tenía razón cuando me decía que era muy egoísta. Tiene razón no valgo ni el pants que llevo puesto.

“Quisiera simplemente desaparecer. Eso es lo mejor que me puede pasar ahorita. Esfumarme del planeta. Nadie lo notaría. No le haría falta a nadie y la vida de todos seguiría tan igual, tan como si nada.

“Pero no Leonardo, tú eres buen vendedor, ¿no te acuerdas del dinero que llegaste a ganar el último año? Estabas forrado. Tenías tu coche, tu novia, tu departamento de lujo. Podrías recuperar todo eso si quisieras. Pero ¿en serio quieres?

“Creo que sería mejor terminar con esto. Estoy cansado, fastidiado de lo mismo, de este vaivén que es mi vida, de dejarme llevar un día por el dinero y la euforia, y al siguiente por la ira o la hueva. Dos días sin poderme mover ni para comer...”

Leonardo entre abre el ojo derecho. Le lastima la luz reflejada por el techo. Siente adormecido el cuerpo. Está entumido y un agudo dolor de estómago lo aqueja. Tiene mucha hambre, pero casi está seguro de que en el refrigerador no hay nada. Tampoco tiene las fuerzas para levantarse y revisar.

La puerta está cerrada, pero escucha que del otro lado, en la sala, suena el teléfono, pero no puede levantarse, no quiere...

10/10/2011

Qué pelea



Esta sí que fue una pelea original. Después de más de 30 años de conocernos y creo que nunca me había dado un encontronazo de este calibre con mi propia hermana. Eso habla principalmente de dos cosas: nuestra total carencia de comunicación y el casi nulo interés que cada uno tiene por el otro.

06/10/2011

Compulsiones


Tengo una compulsión: olerme la mano, y luego el brazo, y a veces las piernas. No soy el único que hace eso. Lo sé. Tengo una compañera en el trabajo que hace exactamente lo mismo (al menos con las manos). No sé cuál sea su sensación, pero yo al menos, cuando lo hago, siento una poco de tranquilidad.

Oler mi propio aroma me tranquiliza. Es como entrar en contacto conmigo mismo en un momento en el que desearía estar completamente solo y concentrado.
En medio de la oficina, en medio de la gente, bajo la presión diaria del trabajo huelo mi mano derecha, mi mano izquierda y luego los brazos.
Aspiro profundamente y alcanzo un poco de tranquilidad para acallar la tensión.
Sé que no somos los únicos. He visto a más gente olerse la mano con un poco de vergüenza o de culpa porque no saben si lo que están haciendo está bien, está mal o es parte de una conducta que los pone al borde de la locura.
Yo francamente tampoco lo sé. Llevo años y años haciendo lo mismo y no creo que por hacerlo esté más enfermos que otros o mi estado nervioso se altere gravemente.
No es lo más estético tampoco es lo más recomendable en juntas directivas o durante entrevistas importantes, pero, hay que admitirlo: es sumamente placentero.
Las compulsiones existen por montones. Hay quien se jala el cabello, hay quien se rasca la nariz o la cabeza, hay quien mueve frenéticamente las piernas. Yo hago, a veces, varias de estas cosas al mismo tiempo cuando estoy muy ansioso o nervioso (que por lo general es muy seguido).
Yo driría que son inofensivas. Lo digo porque no soy experto y porque a veces me dejo llevar por ellas.
Justo ahora, cuando las ideas se quedan a medias me huelo el brazo y las palabras vuelven a fluir. Quisiera pensar que es una especie de magia sin magos, de respuesta inmediata.
¿Cuáles son tus compulsiones?

15/09/2011

Escucho que...


Me despierto. Lo primero que escucho es el rechinar de las llantas de un coche que frena poco antes de atropellar a una persona. Sé que así sucedió porque ya me pasó una vez... Bueno, no me pasó, yo hice que pasara. Me lancé al paso de un coche, pero mi plan no funcionó. Salí con algunos raspones y la frustración de ni siquiera enviar a la cárcel al conductor del auto. Al contrario, fui yo el que pasó un par de noches en los separos. Según el juez era por mi propia seguridad.

04/08/2011

Estoy solo de paso


Siempre me digo lo mismo. Estoy sólo de paso. En todas partes, con todas las personas. Es como si en algún lugar de mi mente tuviera la firme intención de largarme de esta vida. Estoy en este trabajo mientras encuentro algo mejor, tengo esta casa en lo que junto para una más grande, ando en transporte público en lo que me compro un nuevo coche, vivo en esta ciudad en lo que me animo a salir de ella. Sigo sin tener hijos en lo que logro estabilizar un poco mi vida, no veo a mis amigos y a mi famlia porque no me gusta que me vean deprimido. Escribo este blog en lo que me atrevo a lanzarme como escritor profesional...