16 oct. 2017

Mi terremoto interno

Tengo un segundo hijo, el primero es más latoso que una gripa en primavera, mi esposa ya casi no me habla, me cambié de trabajo y he tenido muy muy malos días, y luego el terremoto. Y luego mi terremoto personal interno. Estoy deprimido.

De nuevo tengo esta horrible sensación de que todo se me está derrumbando, que camino sobre una cama de arena suave y pegagosa que me va a tragar lenta e irremediablemente sin que yo no nadie pueda hacer nada por evitarlo.

Y debiera estar tranquilo, "echándole ganas" para sacudirme el malestar, pero mi mente no me da. Simplemente no me da. Tengo una total indiferencia hacia prácticamente todo. Si me fuera posible me quedaría en cama todo el día hasta que la vida pase, hasta que algo se resuelva, pero soy un poco funcional. Al menos un poco, lo mínimo necesario, lo únicamente indispensable para mantener a mi familia a la que amo profundamente.

Tengo sueño siempre. Se me cierran los ojos, no recuerdo prácticamente nada. Trabajo, actúo, reacciono prácticamente por reflejo, pero casi sin conciencia. Como si nada de lo que pasa a mi alrededor me fuera a impactar.

Pero luego ocurre lo inevitable. Las cosas me están explotando en la cara por mi inoperancia, por mi ineptitud, por mi desgano, mi sueño eterno, mis desvaríos en vigilia.


15 dic. 2016

De nuevo Navidad 2016

Es casi una tradición para mí escribir una entrada en este Blogger cuando se acerca Navidad. No es extraño. Es la época del año más difícil y deprimente para mi. 
Y no es porque tenga malos recuerdos de navidades traumantes o que mi niñez haya sido muy dolorosa. Tampoco es que haya sido un jolgorio, pero no creo que sea algo para sentirse mal. 
Es sólo que en estos días me da frío, la luz no es muy buena para el estado de ánimo y, sobre todo, hay una inevitable disputa por el tiempo. Todos quieren reunirse, todos quieren que estés con ellos para "pasar las fiestas" y la verdad es que yo lo único que quisiera es pasar mis días de vacaciones lo más tranquilo posible, haciendo las cosas que a mí me gustan y no lo que los demás quieren que haga.
¿Es eso demasiado pedir? Pues sí, así parece. Es tan estresante esto de las reuniones familiares. Con nadie se queda bien, a nadie se le da gusto. Cualquier cosa que uno decida tendrá detractores dispuestos a guardar rencores inútiles por el resto de los días. ¿Que ganamos con estas celebraciones sino deudas económicas y sociales, familiares y personales. 
Hay una especie de fuerza gravitacional que nos empuja a jugar siempre con la culpa y los deseos de los demás. El chantaje se vuelve moneda  corriente y todo el mundo trata de acomodar lo mejor posible sus fichas para su propio  beneficio. Nada raro en esta sociedad tan poco empática. ¿Qué tiene de malo querer estar solo "en estas fechas"? El libre albedrío  parece ser ahora  comunitario y mis decisiones son tomadas de antemano y sin consulta previa.  La empresa me invita a una fiesta  obligatoria y me da vacaciones que yo no pedí. La familia organiza una cena que yo no quiero y el resto del mundo se empeña en venderme un montón de cosas que no quiero ni necesito.
Así las cosas en esta Navidad.
Felices fiestas.

23 sep. 2016

Olvidos bipolares


En qué pensaba hace tan sólo un segundo atrás. No lo sé. Se me olvidó apenas pensé en escribirlo. En serio, se me olvidó para que empecé a escribir. Me pasa todo el tiempo. Siempre.


Me estoy bañando y pienso en lo que voy a hacer durante el resto del día, y apenas cierro la llave y todo se me borra.


Por buenas o malas que sean las ideas, todas se me escapan. Es una especie de maldición, una disfunción de mi cerebro que se resetea cada dos minutos, haga falta o no. Y si pude tener una chispa, como supongo a muchos les pasa, de pronto estoy totalmente en blanco.Cierro la llave de la regadera y ya no sé qué sigue. Miro a todas partes y trato de rehacer los pensamientos, la línea que llevaba, el camino que creí haber trazado.Y así todo el día, en todo momento. En el trabajo si no anotó cada una de las instrucciones, planes, procesos, simplemente se me olvidan.Y en la familia, igual. Apenas mi esposa empieza a pedirme cosas en el super, lo tengo que anotar, si no, pasan al cajón del olvido.Estas líneas comenzaron con una idea totalmente diferente a esto, pero decidí cambiar el plan, como pasa con mi vida cada vez que la ruta es bloqueada, interrumpida o interceptada por cualquier cosa que me desvíe. Algo normal en los últimos 15 años.


Lo que menos me gusta de esta circunstancia es que cuando logro retomar el hilo, cuando hallo el camino que tenía fijado antes de perderme en mis propios pensamientos, entonces me doy cuenta de que en realidad no era tan buena idea, no es lo que realmente quería, no es lo que verdaderamente quería. 


Es una pena, una pérdida de tiempo, energía y ánimo enorme y lamentable.

13 sep. 2016

Sí, soy un amargado

Hablábamos hace unos días o meses, el tiempo me parece tan diluido, que en términos generales, estoy amargado.
No es algo muy raro. Es muy posible que así sea.
He pasado de ser una persona medianamente inteligente a una muy metida en su propia desgracia.
Y ni hablar de la pérdida del disfrute.
Mi poca posibilidad de gozar de la vida se hace patente en cada momento. Mi jefe, o al menos uno de ellos me lo hace ver cada vez que lo percibe. Me hace burla del gesto adusto que siempre tengo, del ceño fruncido, de la mirada dura, de mi silencio a prueba de todo: bromas, anécdotas o recuerdos. Incluso, a veces, a prueba de los buenos modales.
De ahí que mi esposa diga que soy un amargado, de ahí que mucha gente cree que soy muy mamón. Y sí, las dos cosas son ciertas. Tanto que siempre tengo esa expresión de fuchi, de leve asco, de ligero hartazgo por la vida, como que soy un poco mamón.
El punto es que no he logrado tener un punto de equilibrio entre el gozo y la crítica sana a la ignorancia y la estupidez que me rodean.
Ni hablar del sinsentido que el 85% de la vida tiene. Creo que de las 16 horas que estoy consciente al día sólo valen la pena unas seis, esas en las que estoy con mi familia. El resto, en el trabajo, las paso medio en blanco, aunque siempre son muy estresantes.

29 jul. 2016

Sobre el tiempo libre (o cómo divagar ante el aburrimiento)

Siempre es la misma cuestión: ¿De no estar haciendo esto, dónde y qué harías?

Es decir, siempre, a esta hora (cualquiera que sea, observa tu reloj), sé lo que estaría haciendo de no estar aquí haciendo lo que sea que esté haciendo.

Me pasa todos los días cuando trabajo; me pasa a veces cuando juego con mi hijo, me pasa cuando hago muchas cosas como ir al supermercado o hacer filas en el banco para hacer trámites en el gobierno.

Y ahora que tengo la oportunidad de escribir a gusto, a mis anchas, he preferido ver la tele, o ver qué hay en las redes sociales. Cosas ambas que siempre me distraen, pero al mismo tiempo me hacen pensar en lo que quiero hacer... Es curioso pero es cierto.

Cuando tengo esa sensación de que bien podría estar aprovechando el tiempo haciendo otra cosa, logro un cierto nivel de pensamiento, de ideas que de otra manera simplemente no llega. Lo mismo me pasa cuando escucho a las personas que me dicen cosas que no me interesan en los más mínimo y de inmediato en mi cabeza aparecen ideas, historias, planes que me ayudan a sobrellevar esos segundos o minutos de inanición frente a desconocidos. El problema para mí es que esas ideas, buenas o malas, difícilmente regresan a mi. Son como hojuelas de oro que se lleva el viento. Absurdo, pero cierto.

Así, por ejemplo, siempre estoy pensando: "Ahora podría estar escribiendo y estaría mejor que ahora", pero luego resulta que ya tengo el tiempo, el espacio, la oportunidad para escribir y termino desperdiciando todo: tiempo y espacio. Típico.


15 jul. 2016

¿Qué buscan los depresivos?

Es decir, los que estamos deprimidos ¿qué tipo de información es la que buscamos?

Por lo general, quienes tenemos este tipo de condición, sentimos que somos los únicos que nos sentimos así. Y lo más seguro es que ni siquiera sepamos qué es lo que tenemos. Simplemente nos sentimos mal y ya. Un joven de 15 o 16 años sencillamente no se levantará de su cama, o se la pasa frente a una computadora o jugando videojuegos sin saber exactamente qué pasa. ¿Por qué no tiene ganas de salir, de ver a sus amigos y por qué tiene una tendencia casi enfermiza por huir de casa dejar atrás a los padres, a los hermanos, a los abuelos y a todo aquel que le recuerde que es una persona infeliz?

Eso es lo único que tiene claro: es una persona infeliz. No encuentra nada satisfactorio, nada de lo que hace, dice, piensa, ve, escucha, o siente le trae un mínimo placer. Es como si el cajón del bienestar se hubiera vaciado y nada de lo que intentas poner ahí lo llena.

Sí. Así es.

O al menos así me lo parece. Así lo recuerdo. Y no es que no esté deprimido ahora. De hecho lo estoy. Pero creo recordar que cuando tenía esa edad, cuando era un adolescente, era justo así como me sentía y más o menos era así como me comportaba. Pasaba todo el día frente a la consola de videojuegos, apenas comía y no tenía ganas de ver a mis amigos, mucho menos de estar con cualquier miembro de la familia o la sociedad. Odiaba a todo el mundo. 

Simplemente quería que me dejaran en paz, que el mundo rodara sin mí y yo simplemente existiera al margen de todo y de todos. Dormía mucho también. Ahora pensaría que era parte de mi crecimiento, pero ahora estoy seguro de que estaba muy deprimido. Apenas comía un poco y quería dormir. Y lo hacía. Me encerraba en mi cuarto y me dormía. A veces, más descarado, lo hacía en la sala de televisión, frente a todos. 

En mi mente, entonces y ahora, pasaban cosas tan absurdas como ese pensamiento de que no valgo nada, de que no tiene ningún sentido vivir, que la sociedad está perdida y, sobre todo, es estúpida... Sí, todos esos son pensamientos absurdos (entre muchos otros), pero poderosos. Tanto, que mucha gente se deja convencer de ellos y terminan lanzándose de un puente, tirándose a las vías del Metro, cortándose las venas o matándose poco a poco con drogas.

En esos años creía que era una persona única, que sólo yo tenía ese tipo de pensamientos, de actitudes, que era una especie de genio incomprendido. Pero nada de eso. Sólo era un adolescente deprimido y como ellos hay miles; millones en todo el mundo que pasan por lo mismo. 

Pero de eso me enteré varios años después, cuando me diagnosticaron trastorno bipolar. Pero entonces era ya un poco más grande, aunque no mucho más inteligente.

No eres el único, si es que has llegado hasta aquí, leyendo algunas de las cosas por las que pasas y por las que piensas. No, sólo estás, quizás, un poco deprimido. No es bueno, pero tampoco demasiado malo. Es algo más común de lo que crees. De hecho, es una pandemia. Hay millones que la padecen en todo el mundo y la ciencia todavía no tiene una respuesta efectiva para contrarrestarla. 

Es una pequeña maldición. Pero, como toda maldición, tiene algo de mágico, algo de intrigante que no deja de ser apasionante. De ahí que cada X tiempo regreso y escribo, regreso y tomo de nuevo el teclado y el blog. Y sí, no lo niego, necesito de esto de vez en cuando para desahogar mi depresión.

28 abr. 2016

Al psiquiatra y sin antidepresivos

Entré de nuevo en una especie de espiral de depresión. No me podía levantar, no me reconocía en el espejo, pensaba en tirarme del puente cada día que lo atravesaba, no le encontraba mayor sentido a la vida... Lo de siempre, lo de cada vez que me pasa la depresión encima.


En esta ocasión, tenía la nueva variable de no tener mucho dinero para las pastillas, además de tener la presión de mantener a mi familia, con un hijo, además, que requiere de mucha atención. Fui con la psiquiatra con la intención de desahogarme, sí, pero también con la idea de que me recetara pastillas para sentirme menos mal, por no aspirar a sentirme bien.


Mi sorpresa fue que se negó a darme la receta para comprar pastillas. Me dijo que no quería tenerme medio adormecido en este periodo que ella considera importante para mí y mi hijo. Además de que la medicina siempre es más cara y eso conlleva a más estrés y más depresión. Es un círculo bastante difícil de romper. Al menos para mí que no gano mucho dinero.

Pero me recetó unas vitaminas. El costo es ligeramente menor, aunque no mucho. Y el resultado ha sido si no mágico, sí satisfactorio, pues aunque no me quita la depresión, al menos me permite trabajar con cierta libertad.


Me he podido levantar sin tantos problemas, he podido concentrarme en el trabajo, he podido leer entendiendo casi todo a la primera lectura y en general no me he sentido soñoliento, como seguramente me hubiera sentido con las pastillas de siempre.


Todavía me hace falta tomar otra pastilla que me recetó y que no he comprado básicamente por falta de ganas. A penas hoy, casi dos semanas después de que me las recetó, pregunté en la farmacia por ellas. Me las entregan la próxima semana. Ya veré qué efectos nuevos tienen las dichosas pastillas. Espero que me sirvan, que me hagan sentir menos estúpido, más concentrado. Al menos eso, ya que sé que la felicidad, la tranquilidad, eso es imposible de tener por cualquier pastilla.

17 feb. 2016

Así en en Metro como en la calle

La toma del puente.

9:30 am El ejército de oriente, notablemente más voluminoso e integrado por hombres y mujeres vestidos y dispuestos para batirse con tal de llegar a tiempo a la oficina, madres apuradas con niños adormilados y alguno que otro obrero, tenía todas las ventajas para hacerse del paso en la estación Barranca del muerto.
En el lado poniente, eran unos cuantos los que pretendían cruzar el paso sobre las vías: algunas familias ociosas, estudiantes de pinta, y uno que otro retardado con muy poca paciencia. Pero tenían una ventaja. Al frente del contingente, lenta, muy lenta, iba una anciana que bajaba penosamente por las escaleras ayudada por una andadera y alguna amiga ligeramente menos anciana.
El ejército de oriente, conmovido con aquel vetusto ariete humano, se abrió mansamente.